Trescientas... y pico

La enfermedad

Fotografía: Gerd Altmann.

Las hay que avisan. Otras entran de forma sigilosa. Sin llamar. Se presentan a la hora más inesperada, rompen el circulo virtuoso de las costumbres, de las expectativas y dejan a su paso un rastro de duda y confusión sobre lo que está pasando. Y, eso sí, nada más instalarse hacen que vuelvan los peores fantasmas de nosotros mismos. Esos gestos y sensaciones que teníamos guardados en el armario de la memoria. En el lado oscuro de nuestra vida.

Tanta es su presencia, tanta su fuerza, que en apenas unos días ha acabado por ocuparlo casi todo. Tan es así que su tormenta ha barrido el socorrido tema de conversación del tiempo en el ascensor. Los rituales religiosos que parecían cosa divina e inmutable desaparecen sin que nadie oponga un pero. Su lógica ocupa todo el espacio. En el bar, en las reuniones familiares, en el trabajo… todos hablan a todas horas de ella. Y, sobre todo, los medios de información, esos intermediarios que queriendo no alarmar solo hacen que hacer crecer la alarma y que han encontrado el virus que necesitaban para llenar sus parrillas a precio de saldo.

Lo único que parece importar en verdad es el conteo de afectados. De si los niños son o no su potencial víctima. Hombres hasta hace dos días anónimos pasan a ocupar todos los planos de las televisiones. Su voz, su opinión, su liturgia son como el oráculo de Delfos, nuevos héroes s. XXI en el reino de las pantallas. Su palabra es Ley. Todo lo demás, importa menos.

¿Hablamos del coronavirus? Bueno, sí, un poco sí. Ese también ha llegado, pero teníamos avisos de que podía suceder, y muy posiblemente pasará como ha venido. Pero es, sobre todo, la otra enfermedad de la que se habla menos, la enfermedad de aprovechar la ocasión para hacer crecer la desconfianza. Desconfianza de los unos hacia los otros, hacia los chinos porque allí dicen empezó todo, hacia los pobres porque qué se puede esperar de gente así, hacia los viejos porque son las primeras víctimas, hacia los desconocidos porque vete tú a saber…, todos ya potenciales transmisores y enfermos de desconfianza.

Es ésta –la desconfianza– la más grave enfermedad que se nos está inoculando de forma silenciosa, casi imperceptible. Con cada nuevo dato, con cada nueva lista de fallecidos, con cada nuevo batacazo de las bolsas, aumenta su contagio y es probablemente ella la que se quedará entre nosotros por largo tiempo. Y, muy posiblemente, no habrá vacunas suficientes para hacerla frente. Ni, tampoco, interés en estudiarla y combatirla. Porque es la forma que tienen algunos de seguir viviendo a costa del sufrimiento, de la alarma y el desastre creados. Antes fue así, lo sabemos. También ahora empezamos a sospecharlo.

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Pepe López

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