Impulso irresistible

La cultura del adjetivo que descalifica

A decir verdad, esta cuestión es la de toda la vida entre personas y grupos. Pasa que es en épocas de discursos cuando todo se ve más claro, o, como se pretende, que cada cual hable de sí mismo para intentar acallar a los contrarios que ya nos han calificado con anterioridad. Pero, claro, siempre hay un principio. ¿Quién le dijo al contrario (y a todo su grupo) que era un burro, un torpe, un deslenguado? Ahora ya no importan los inicios, lo que en verdad interesa es aprovechar esta convocatoria para decir del contrario lo que no está escrito, lo que no se debería pronunciar, lo que forma parte de la mentira mentirosa y asquerosa que pulula cuando vienen nuevos comicios. Esta es la otra cara, aparentemente oculta, de los discursos confrontados que se lanzan los diversos partidos políticos o los grupos sociales identificados por sus eslóganes que indican su forma de pensar. Y sí, a veces es la parte escondida, oculta detrás de los telones y las bambalinas. Desde atrás lanzan las diatribas: “A esos hay que calificarlos como incalificables, como descalificables, como enemigos de nuestro programa que es el único que puede arreglar esta situación”. A usted le suena todo este montaje, ¿verdad? ¡Cuanto más me insultes más te retratas a ti mismo como indeseable! Han pasado muchos años en democracia, y esto, que es rebatirnos con verdades está tan rematadamente mal como el primer día. No es eso, por favor.

Están muy bien (aunque no los aprobemos todos) esos discursos que llaman a un orden mejor, a una más adecuada organización social, a una justicia sin tropiezos ni obstáculos de quienes siempre se salen con la suya. El etcétera que ahora vendría se saldría del espacio que nos han dado para contarlo. Pues son muchos hechos, muchas circunstancias y muchos objetivos los que se plasman para que un día venidero y acaso cercano sean convertidos en nuevas leyes, decretos y normas sociales que sirvan de marco a una sociedad que cada vez llega a estas ocasiones más abrumada y contrariada, con ganas de cambiar muchísimas cosas que en vez de haber sido arregladas anteriormente (porque ya habían salido repetidísimas veces). Ahora hay apenas un pasito más para que todo se convierta en una reunión caótica en la que se reparten insultos que van a parar a los que no están presentes en esta reunión, precisamente porque significan la “oposición”, a cuyas ideas se ataca utilizando el diccionario de las palabras soeces y agresivas. En algunos lugares lo describen como “la cultura del adjetivo que descalifica a la persona”, a la persona que lo usa (cuidado, no lo malinterpretemos y metamos la pata). Nos gustaría cambiar el ambiente de las elecciones.

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Demetrio Mallebrera

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