AQUEL ALICANTE QUE SE NOS FUE / Los trabajadores de la calle II

JOAQUÍN ÑECO

En esta segunda entrega, seguimos con aquellas personas que trabajaban en la calle. Para que el lector entienda el por qué de estos trabajadores callejeros, hay que situarse en el tiempo. Estamos en los años cuarenta del pasado siglo, recién terminada la Segunda Guerra Mundial que se había iniciado al acabar nuestra Guerra Civil, con un aislamiento internacional que tanto daño nos hizo y que duró hasta que el presidente norteamericano Dwight D. Eisenhover, en la década de los cincuenta, visitó España y se firmó el tratado de la ayuda  norteamericana que alivió un poco la precaria situación que habíamos vivido.

Con aquella ayuda volvimos a ver la leche aunque fuese en polvo, el trigo para cambiar del pan de centeno que comíamos al de la harinacandeal y alguna carne del medio despiece en canal de ganado americano. A esto hay que añadir que nuestra nación no se había recuperado económicamente. El trabajo escaseaba y había que apañárselas como se podía. Como dice el viejo refrán: “Buscándote las castañas”.

Aquella situación era, tal vez, de mayor alcance que la que actualmente estamos pasando con la crisis económica. Pero con paciencia, esfuerzo y forma de ganarse día a día la subsistencia, como los trabajadores callejeros, logramos superarla y a partir de finales de los cincuenta, empezamos a ver la luz del final del túnel. Algo de lo que tendríamos que tomar ejemplo en la actualidad.   

 

El agua que tocamos en los ríos es la postrera

de las que se fueron y la primera de las que vendrán;

así el día presente.

Leonardo da Vinci

 

LOS TRABAJADORES DE LA CALLE II

Los serenos. - Con sus manojos de llaves de las puertas de entrada a las fincas de la zona en donde prestaban sus servicios y armado con un “gallato” de rama de olivo, de los que se venden todavía en la Santa Faz con motivo de la romería. Conocía uno a uno a todos los vecinos, los domicilios en donde residían e incluso los nombres de algunos de ellos, hasta tal punto que si rondaba por la calle alguien al que no conocía, estaba pendiente de él, y si veía algo sospechoso, llamaba a la policía evitando así muchos de los robos que actualmente, por desgracia, se producen. Comenzaban su jornada a partir de las diez de la noche hasta las seis de la mañana y a la voz de “serenooooo”, o las palmas, de algún vecino, él contestaba “voy” y tras dar las buenas noches, abría con su llave la puerta de entrada a la finca. También con una propinilla, podía encargársele que te despertara a una hora que estuviera dentro de su horario laboral, tocando el timbre o con los nudillos en la puerta de entrada del domicilio del vecino que tuviera que madrugar. ¡Qué buen trabajo que harían hoy!

Serenos de los años 50 del pasado siglo.

Además, era una de las personas, junto con los que ejercían de carteros, de recogedores de las basuras y debarrenderos, que por Navidades venían a nuestros domicilios para entregarnos una tarjetita con una imagen alusiva a su profesión y desearnos Felices Fiestas de Navidad y Año Nuevo, en espera de que les diéramos una propinilla como aguinaldo.

El afilador. Recorría las calles con aquel aparato artesano que se construía con una rueda de carro y dos muelas, una fina y otra gruesa, que servía tanto para darle giro a las muelas para afilar, como para trasladarlo rodando. Avisaba a los posibles clientes con una musiquilla, que era característica, producida por un instrumento de viento que todo el mundo la identificaba con ellos, seguida de su propia voz con el estribillo: “El afilaoooor. Se afilan cuchillos, navajas y tijeras”. Las amas de casa, los tenderos, los carniceros, los zapateros remendones, etc. salían a la calle para darles sus instrumentos de trabajo para que los afilase.

Afilador trabajando en plena calle a mediados de los años 60.

El paragüero. Iba provisto de un recipiente con asa en el que llevaba las brasas de carbón para calentar el soldador, que consistía en una varilla de acero que terminaba en una pieza de cobre con la que arreglaba, con estaño, los utensilios metálicos que le llevaban los clientes para su reparación, o con lañas los de barro. Se anunciaban a voces diciendo: “El paragüeroooooo. Se reparan paraguas, sartenes, ollas, pucheros y perolas de barro”.

Paragüero trabajando en plena calle.

Los traperos. Parecían, por su aspecto, sacados de la novela Oliver Twist con sus sacos al hombro o sus carritos de mano en donde cargaban los trapos y ropas viejas, además de papeles y cartones que recogían en la calle o les proporcionaban los vecinos, que luego vendían en las traperías y se reciclaban para hacer papel. Estos personajes dieron lugar al tan utilizado, sobre todo por las madres de la época, “hombre del saco”, por su aspecto sucio y descuidado, con el que se amenazaba a los niños cuando no se comportaban bien o no se iban a dormir, diciéndoles que se los iba a llevar el “hombre del saco”. Naturalmente, también se anunciaban para hacer notar su presencia con el consabido estribillo: “El traperooooo. Se recogen papeles, cartones, trapos y ropas viejas”.

Trapero en las calles de Barcelona del siglo pasado.

Los lecheros. Ofrecían su mercancía en puestos en la calle o con bicicletas con los cántaros colgando a los lados repartiendo a domicilio. Corría la leyenda urbana, que yo particularmente creo cierta, que la mayoría se hacía con buenos “dineritos” de la venta, a base de “bautizar” el género con el que comerciaban.

Lechero ambulante de Murcia de los años 60. Foto: Tomás Lorente

Los fotógrafos. En invierno recorrían la Explanada y el paseo del puerto, y en verano la playa del Postiguet, ofreciendo sus servicios sobre todo a las familias y a las parejas de novios para dejar constancia, en las fotos, de algunos momentos importantes en nuestras vidas. Acabada de tomar la foto, pedían el nombre y la dirección en la que tenían que dejar las fotos y el número de estas que querían los clientes, anotándolo en un pequeño bloc. Era famoso en la época, un fotógrafo de corta estatura, del que lamento no recordar su nombre, padre de un amigo mío de la infancia, al que llamábamos Pachi.


Encendedor Zippo.

El minusválido que arreglaba encendedores en el Portal de Elche. Seguramente, muchos de los lectores recordarán a este personaje al que le faltaban las dos piernas y ejercía su oficio sentado en una silla para inválidos de los de la época, aquellas que se hacían acoplando partes de una bicicleta modificando los pedales y, que manejados manualmente por el ocupante, transmitían por medio de una cadena y un plato dentado, la fuerza necesaria para que la rueda delantera se desplazara arrastrando el conjunto. En una bandeja que estaba sujeta a la parte delantera de la silla, tenía sus herramientas y multitud de encendedores viejos de los que aprovechaba las piezas para reparar los que le traían los clientes. Yo, que era un niño por aquel entonces, me detenía delante de su pequeño “banco de trabajo” cuando salía del colegio y cruzaba por el Portal de Elche para dirigirme a mi casa. Me quedaba impresionado al ver como desmontaba los mecheros y con las piezas del desguace de otros, lograba que volviesen a funcionar. Como todos los días, a la misma hora, me paraba para ver como trabajaba, llegó a preguntarme si me gustaba el oficio y en broma me dijo que me contrataba. Los propietarios de los encendedores que arreglaba, en los años cuarenta y cincuenta, eran personas acomodadas porque eran caros, normalmente de las marcas Ronson, Abba, Boos, Dunhill y algún que otro Zippo que empezaban a venderse después de la Segunda Guerra Mundial. Como curiosidad, amables lectores, les diré que el mechero Zippo prácticamente era el “oficial” en la Navy porque en los barcos normalmente sopla viento moderado o fuerte que hace casi imposible encender los cigarrillos y este mechero se mantenía encendido contra viento y marea. En la actualidad, a pesar que utiliza gasolina muy refinada para su funcionamiento, es muy apreciado por el público. Los pobretones, en nuestro país, utilizaban el famoso “chisquero de mecha” que por cierto, sin ser tan famoso como el Zippo, cuando hacía viento también permanecía encendido.

Portal de Elche de los años 20 del s. XX. Foto: alicantevivo.org

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