Carta a la inocencia

Manuel Mira CandelPor MANUEL MIRA CANDEL

 

Hace semanas que no trabajo en la nueva novela que llevo entre manos. No puedo. Estoy deprimido. Acabo de escuchar a compañeros en una tertulia de radio: todos confiesan estar enfermos de tristeza. Mi país, la querida España de Cecilia, mi querida patria, se cubre con un velo de melancolía. No sabe adónde dirigirse. Ante el mar, se ahoga contemplando en vano sus quinientos años de historia. Ante el aire, le quema el fuego provocado por agentes ruines e irresponsables.

Me llama esta mañana mi compañera Sonia, de la APA, y me sugiere que escriba algo para la Hoja del Lunes. Su invitación ha sido tan candorosa que no he podido negarme. Cuando hablé con ella, paseaba con Freyja, mi basset, que anda unos días pachucha, como yo. Le he contagiado mi enfermedad de conciencia, y ella lo sabe, pero no protesta.

Regreso a casa y enciendo el ordenador. Ante el folio en blanco, no sé cómo empezar. Se dicen tantas cosas, se suceden tantas aberraciones, se leen tantas barbaridades, se ven tantas escenas de horror, hay tanta perversión en el paisaje, que no encuentro un banco donde sentarse a descansar. Me niego a vivir en medio de tanta paranoia. Estoy en un estado de sitio. Qué desengaño: yo creía que las revoluciones eran hermosas historias de amor, como le confesaba Jack Palance a Gregory Peck.

La insurrección se ha dejado fagocitar por las redes sociales, laberintos por donde corren las ratas de molares puntiagudos. En los jardines echa raíces la venenosa mandrágora. Los políticos cargan sus discursos de dinamita. Los gestos de los ciudadanos transmiten desasosiego y desesperanza. Ya empezaron a sacar sus ahorros de los bancos. En las calles se vitorea con odio al hermano. Miles de familias han sido destrozadas. En el debate de los amigos se levanta el puño, se esgrime la amenaza. La mentira ha escogido el camino tumultuario de la grotesca exageración. Reina la demagogia. Los telediarios no cesan de manipular. Los periodistas han olvidado el precepto ético de contrastar la información. En las escuelas de Cataluña, algunos profesores entran a saco en los inocentes cerebros de sus alumnos para inocularles el virus del rencor.

Todos somos culpables. Lejos de intentar evitarlo, cada día, cada minuto, aventamos la hoguera. ¿Quién es, en medio de tanta locura, inocente? ¿Quién puede asegurar que ha participado, ni de obra, ni de palabra, ni de pensamiento, en esta ceremonia bárbara y ruin en la que se invoca la destrucción de España?

Sí, me niego a permanecer en este estado de sitio, acribillado por políticos ineptos y oportunistas, por sediciosos chantajistas que gozan de impunidad, por turbas adoctrinadas, por francotiradores apostados en las redes sociales. Me niego a ser carne de cañón de esta locura. Quiero ser inocente.

Deseo arrepentirme de haber intervenido con mi daga de periodista, con mi pasión desmedida, en el holocausto de mi patria; recuperar mi inocencia;  trasladar a este papel la ofrenda de mi sufrimiento. Las cosas ya nunca serán como antes. Ya hemos perdido, todos. La pena que nos mata por dentro no es suficiente para recuperar la inocencia. En medio de esa desolación interior, me pregunto cómo puedo ser útil a mi país en momentos en los que la insensatez y el odio pretenden aniquilar quinientos años de historia. ¿Qué puedo hacer por él cuando se desangra ante mí y soy incapaz de hacerle un simple torniquete?

Me llaman mis hijos, que viven lejos; siempre presiento que están cerca. ¿Estás bien?ú Les miento. Procuro mantenerme erguido ante ellos, incluso cuando detecto el levísimo chasquido de una lágrima en el hilo telefónico. Sé que también lloran. Me consuela compartir con ellos el profundo sentimiento  de amor por nuestra tierra. Recuerdo con nostalgia aquella madrugada del 23F: cuando apareció el Rey Juan Carlos en televisión, levanté a mis pequeños de la cama y les hice escuchar el mensaje. “Es importante que seáis testigos de este momento.” ¡Se acuerdan!   

Me queda la voluntad de recuperar la inocencia. Quizá pueda redimirme escribir una carta a la Inocencia. ¿Dónde está la inocencia? ¿Quién puede informarme: dónde vive? Empezaría, por ejemplo, así: “Recurro a ti, esquiva inocencia, para salvarme”. Busco a un español que sea inocente. Recurrir a la inocencia es como hurgar en la conciencia: por qué nuestras reticencias a pronunciar la palabra patria; por qué nos resistimos a plantar su bandera en nuestro corazón, en nuestras casas; por qué nos avergonzamos de su historia en vez de enaltecerla; quién está libre de estar sometido a la codicia política de los demás, a la intolerancia, y se deja adoctrinar por los sembradores del rencor y del odio…

Puedo escribir –y hasta es probable que lo hiciera bien– sobre lo que todos escriben, pero no quiero bañarme más en el fango del fanatismo en el que se ahoga mi país. Quiero escribir lo que me sale del alma. Quiero abrir ventanas para respirar. Miles, millones de ventanas, desde las que se pueda atisbar el mar abierto y la esperanza. Quiero creer que aún es posible la razón y la cordura. Si cada uno de los cuarenta y siete millones de españoles quisiera hablar sobre cosas tan aparentemente insustanciales y sutiles, tan aparentemente intrascendentes; tan aparentemente sentimentales; tan aparentemente superfluas como indagar en sus conciencias y sentarse a reflexionar en un banco de su parque interior; si sus mentes se bloquearan ante un folio en blanco para escribir sobre esta locura que maldigo; si solo creyeran en la necesidad de redimirse, entonces, solo entonces, doblarían las campanas de la paz.    

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