Podemos, la APM y el periodismo apaleado

PEPE LÓPEZ

Para entender el alcance del extraño y sorprendente comunicado contra Podemos y Pablo Iglesias que esta semana ha lanzado a la arena pública la Asociación de la Prensa de Madrid (APM) que preside Victoria Prego, quizás cabría centrarse en algunos hechos que lo precedieron, hacerse algunas preguntas que siguen sin respuesta y barruntar una conclusión: la agonía y muerte del viejo periodismo sigue avanzando con paso firme. 

Pablo Iglesias declara ante los medios de comunicación. Foto: PODEMOS

Vayamos a los hechos:

 

—Podemos no es, no ha sido, un dechado de buenas prácticas políticas en su relación con los grandes medios de comunicación. Eso parece evidente. Es conocido. Es publico y es notorio. El partido que encabeza Pablo Iglesias ha tenido la desvergüenza y el atrevimiento de cuestionar el statu quo y los oscuros intereses que hay detrás de los grandes medios del país como nadie lo había hecho hasta ahora. Al menos, públicamente y con tanta reiteración. Ese ha sido su mérito, y también puede que ese sea su talón de Aquiles. Al destapar en plaza pública y hacer discurso público de la connivencia de algunos de estos grandes emporios mediáticos con los intereses de los poderosos grupos económicos que los sustentan, han pisado un callo del que difícilmente se puede salir sin graves magulladuras ni torceduras. Lo de la APM no sería más que otra herida de guerra que añadir a la larga lista de encontronazos. 

 

—Este comunicado parece haber tenido un imprevisto y sonoro efecto culatazo contra sus impulsores, la junta directiva de la APM o una parte de ella, por parte de muchos profesionales de la información, así como de los propios votantes de la formación morada, mientras que desde el otro lado del tablero se ha aprovechado el caso para arreciar la campaña contra Podemos. Aquí el objetivo es claro: deslegitimarles y acusarles de suponer un peligro para la libertad de información en este país. A la campaña se han sumado con fervor y entusiasmo mal disimulado los portavoces de PP, Cs y PSOE, y al coro de replicantes se han unido con igual entusiasmo y convicción voces como la del premio Nobel Mario Vargas Llosa, que no han dudado en acusar a Podemos de suponer una amenaza para la libertad casi equiparable a la del terrorismo etarra.

 

Victoria Prego, presidenta de la APM en su sede. Foto: APM—En esta decisión novedosa de sacar a la luz los trapos sucios de los grandes medios e incluirlos en su discurso político, puede que Podemos no hayan sido los únicos, ni los primeros, pero sí ha llamado la atención su insistencia. Varios de sus líderes –Pablo Iglesias, pero también otros- no han dudado en afear en directo la conducta a popes de la comunicación -Pepa Bueno, cadena Ser, incluida-, gestos a los que casi nadie se atrevió antes. Eso tiene un precio. Esa, parece, ha sido su valentía y ese ha podido ser también su gran pecado: cuestionar el actual status quo, también en el periodismo, y sin cuyo concurso nada habría podido ser como ha sucedido durante los años de plomo informativo previos a la gran estafa de la crisis, y en el duro tránsito por ella que ha cristalizado en un mayor enriquecimiento de los más ricos y en un crecimiento de la desigualdad y la pobreza propios de países tercermundistas. 

 

—Otro hecho. Podemos ha ejercido aquí con voz propia y amplificada la queja de una vieja tradición en la relación esquizofrénica de amor-odio que la izquierda política ha tenido con los grandes medios de este país. Pero quizás su mayor error, el de Podemos, haya sido el no contentarse con atacar la cuestión de fondo -la impúdica relación de los cuatro o cinco grandes grupos mediáticos que dominan el kiosco, las ondas y la parrilla televisiva con las grandes empresas del Ibex35 y los poderes públicos a través de la publicidad institucional- sino haber lanzado sus dardos al flanco más débil de la cadena: el periodista de calle. El o la periodista que está día a día cubriendo sus actos y a los que en más de una ocasión les han afeado su trabajo públicamente cuando sus informaciones no les eran –o eso creían ellos- de su agrado. Todos los que hemos trabajado en una redacción sabemos que la tensión entre el político y el periodista forma parte de un todo. Era –es- parte del sueldo a una y otra parte de una cuerda que se tensa pero que raramente acaba rompiéndose. Hasta ahora. La única y no menor diferencia es que antes esas presiones, esos comentarios, esas supuestas amenazas veladas que todos hemos sufrido, que son normales, quedaban opacadas en el silencio de una conversación y, en el mejor de los casos, en una redacción, y hoy son aireadas por las redes sociales sin disimulo ni casi cortapisa como patio de vecindad de la aldea global en la que estamos. La gran diferencia, digo, es que hoy son publicadas en las grandes plazas mediáticas de Facebook, de Twitter, de Instagran, etc,

 

La valentía y el gran pecado de Podemos ha sido cuestionar el status quo, también en el periodismo—Más hechos. En algunos ámbitos del periodismo subsiste erróneamente una concepción arcaica de la profesión que cree y piensa que tiene el monopolio de la palabra y al que le cuesta aceptar que él también puede –y debe- ser criticado. Y ahí el ruido de fondo y el altavoz mediático pueden confundir a muchos. Las campañas de desprestigio contra los periodistas han existido siempre, y no han sido precisamente incruentas. Es más, quién más y mejor las ha utilizado siempre y las sigue utilizando hoy, sin que los prebostes de la APM o similares se hayan removido de sus sillones, es la derecha política. A los popes del conservadurismo patrio –pongamos por caso Eduardo Zaplana, Esperanza Aguirre, Mariano Rajoy, José María Aznar, Soraya Sáenz de Santamaría…– no les ha temblado nunca el pulso a la hora de pedir obediencia, ajustar cuentas y exigir la cabeza de algunos de los directores de los grandes periódicos. Pensar sólo en los hechos que rodearon los relevos más o menos recientes en ABC, El Mundo, El País...da escalofrío. Pero, eso sí, siempre lejos de los focos y en silencio, que es como las cosas importantes se suelen resolver en este país cuando hablamos de intereses que importan y de los grandes bolsillos.

 

—¿Ha sufrido Podemos desde su mismo nacimiento, desde el momento que algunas encuestas empezaron a apuntar que estos chicos y chicas no aceptaban el papel de invitados de piedra en la fiesta de la democracia, una persecución mediática implacable y sin precedentes por parte de esos mismos grupos y en donde, en algunos casos, se han traspasado todas las normas básicas del ejercicio de la profesión? Sin lugar a dudas, así ha sido. En parte era normal y era previsible que a ellos se les exigiera la quintaesencia y un plus de honradez y transparencia, lo que ya no era tan previsible es que a esa campaña en momentos concretos se hayan sumado con entusiasmo y ardor guerrero algunos de los medios del grupo Prisa, cadena Ser nacional incluida. Esa ha sido una gran novedad que ha desequilibrado sobremanera el tablero mediático. Las burdas acusaciones contras sus líderes (Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero, Ramón Espinar…), contra el supuesto oscurantismo de su financiación, contra sus presuntos casos de corrupción… no siempre fueron rectificadas cuando los hechos, los autos judiciales, fueron dejando al descubierto algunas de estas obscenas manipulaciones impulsadas por estos mismos medios, campañas que a buen seguro acabarán estudiándose en las facultades de la profesión como ejemplo de lo que nunca debería hacer un buen periodista. Y eso, es de imaginar, ha  debido doler y ha cristalizado en hashtag tipo la #Lamaquinariadelfango que, a buen seguro, tanto ha debido escocer en la otra orilla y en las plantas nobles de esos grandes medios. 

 

Hasta aquí algunos de los hechos que explicarían, pero no justificarían, lo acontecido. Ahora vayamos con las preguntas.

 

¿Es casualidad el destape del affaire APM-Podemos en la semana del caso Palau de la Música?

—¿Por qué la APM ha incumplido en su denuncia contra Podemos el primer punto del decálogo de las buenas prácticas del buen periodismo: el contraste de la información y dar la oportunidad de defenderse a la parte acusada/denunciada? 

 

—Si tan graves son esas presiones y las coacciones sufridas por estos periodistas a los que nadie ha puesto nombre, ¿por qué estos mismos periodistas y sus potentes medios no utilizan, como casi siempre se ha hecho, sus propias plataformas para denunciar públicamente los detalles y el alcance de las mismas y han optado por recurrir a la APM para, a continuación, hacer seguidismo de esta denuncia con sospechoso entusiasmo que oculta una cierta culpabilidad de origen? 

 

—¿Si tan graves son estas amenazas por qué no se han ido al Juzgado a pedir el amparo de los tribunales? 

 

—Más preguntas. ¿Es una mera casualidad que este nuevo y sonrojante capítulo de la guerra del “todos contra Podemos” haya tenido lugar justo una semana o quince días después de que los tribunales de justicia de este país hayan escrito algunos de los capítulos más chuscos a costa de la sentencia del caso Noos y de las tarjetas black de Bankia que han podido reforzar la idea de que la Justicia no trata igual al robagallinas que a los delincuentes de cuello blanco cuando detrás de ellos está la figura de una infanta, su marido o los otrora todopoderosos Miguel Blesa o Rodrigo Rato?

 

La consecuencia más lamentable es que la gran víctima sea el Periodismo—Otra. ¿Es una casualidad también que el destape del affaire APM-Podemos haya tenido lugar justo en la semana que estaba previsto que el caso Palau de la Música le estallase como una bomba de racimo a la vieja Convergencia de Jordi Pujol y Artur Mas, y justo también en la semana en la que el juez Eloy Velasco, nada sospechoso de rojo como ex conseller de Justicia con Francisco Camps que fue, encaje algunas de las piezas que dejan al descubierto el saqueo sistemático de las arcas públicas por parte del PP de Madrid comandado por Esperanza Aguirre, esa mujer que siempre aparece sacudiéndose el polvo tras el bombardeo con víctimas que la persigue allá donde va? 

 

Todo esto –lo de más arriba- son algunos de los hechos y algunas de las preguntas que tenemos derecho a hacemos tras el acontecido, aunque seguramente la consecuencia más lamentable de todo ello es que la gran víctima no vaya a ser (solo) Podemos, sino que la gran víctima haya sido precisamente a quien se intentaba poner a resguardo con la operación, el Periodismo en mayúscula. Decir, afirmar, que este sale de aquí un poco más herido en su credibilidad, y que en el oscuro manejo del caso que ha hecho una parte de la directiva de la APM, la profesión se ha dejado unos jirones más del ya escaso aprecio, crédito y respeto ciudadano, puede que no sea una exageración.

 

Y es que si hay una máxima raramente discutida en la profesión es aquella que dice que el día que los periodistas nos convertimos en noticia es que algo –y no precisamente bueno- nos está sucediendo. Esta podría ser la conclusión más triste. La peor de las noticias. Que algo –y no bueno- acaba de suceder en la profesión con la inestimable y ominosa colaboración de quienes deberían ser sus defensores y garantes. Y, no se olvide, cuando sufre el periodismo, sufre la democracia, lo que da pie a una última interrogante: ¿era este el objetivo último de la operación puesta en marcha por la Asociación de la Prensa de Madrid?

 

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