“Vivimos una era de hombres fuertes y tenemos Erdogan para rato”

FRANCISCO VEIGA, historiador y escritor experto en Turquía.

Por SONIA MARCO

Francisco Veiga es uno de los mayores expertos de Turquía y los Balcanes en España. Su obra abarca más de una decena de ensayos sobre el devenir de estas tierras pobladas por un crisol de diferentes culturas, pasto de intensos conflictos durante todo el siglo XX y principios del actual. Desde 1983 imparte clases de Historia Contemporánea y Actual en la Universidad Autónoma de Barcelona y es coordinador de la cooperativa de ideas Eurasian Hub. Veiga estuvo en Casa Mediterráneo hablando del presente y pasado de Turquía, un país del que da buena cuenta en su obra “El turco”, donde desvela las claves para entender a una de las potencias actuales más relevantes en el cambiante mapa internacional de hoy día.

Francisco Veiga en un momento de la entrevista. Foto: SONIA MARCO—Tu obra “El turco” ofrece las claves necesarias para entender la idiosincrasia de la Turquía actual a través de un recorrido exhaustivo por su rica historia, desde sus primeros habitantes, hasta su pasado como imperio y ahora como república. Al margen de las campañas publicitarias, ¿crees que es un país desconocido para los españoles? ¿Qué porcentaje es Europa y cuál es Asia?

—Creo que Turquía no es tan desconocida para los españoles, pues ha sido uno de los destinos turísticos más solicitados durante muchos años. Otra cosa es la imagen que ellos quieran dar y la que se ve desde fuera. Por otra parte, el porcentaje de lo que es y lo que no es, es un planteamiento periclitado. Cuando terminé mi libro “El turco” en 2005, el gran debate era: ¿Europa debe aceptar a Turquía porque es Asia o Europa? Este determinismo geográfico está un poco pasado porque hoy día los intereses de Turquía están en diferentes partes del mundo, con una inversión descomunal en África, donde Erdogan ha visitado 32 países de los cincuenta y tantos del continente, con negocios en Somalia y en Mauritania. Asimismo, hay una presencia importante de Turquía en Latinoamérica, donde han hecho prospecciones petrolíferas en Venezuela y Colombia. Por tanto, no se puede decir que hoy día tenga tanta importancia decir si es más o menos europea.

—¿Situamos entonces a Turquía como una nación paradigma de la globalización?

—La geografía es algo que los humanos designan, no viene per se. Si en un futuro China se convirtiera en una megapotencia que conquistara toda Asia, Europa sería entonces una parte de ella. En el año 19 los griegos desembarcaron en Turquía, intentaron llegar hasta Ankara y aplicar la Megali idea. Si entonces lo hubieran conseguido, hoy día una parte de Anatolia estaría en la UE. Otro ejemplo es Chipre, ¿qué es? ¿Europa, Asia? Forma parte de la UE. La asignación de un país a un continente, Asia o Europa, admite discusiones. Hoy día no haría tanto estas diferenciaciones como antes, entre lo que es o no es Asia o Europa. Una de las cosas de las que se quejan los turcos es que están en la OTAN desde el año 54 y todavía no forman parte de la UE. Por tanto, para unas cosas son Asia y para otras no.
Además, en la geopolítica actual hay una oleada de hombres fuertes que arranca en 2016, comenzando por Trump, Putin, Duterte en Filipinas, y entre ellos Erdogan. Estos líderes causan problemas o sirven de ayuda en función del régimen político que tienen, y no tanto por su posición geográfica.   

Francisco Veiga en Casa Mediterráneo. Foto: S. MARCO—En el plano político, en el mes que viene se celebrarán elecciones en Turquía. El sistema político pasará después a ser presidencialista, aboliendo la figura del Primer Ministro. Se prevé que Erdogan gane de nuevo las elecciones, ¿qué supondrá para el país?

—Se ha producido un cambio importante en Turquía desde el golpe de 2016. Hasta entonces, el gran debate era si república laica o república islámica. Tras el golpe, se produce una ruptura con ese otro socio oculto que tenía Erdogan que eran los fethullachi -seguidores del teólogo Fethulla Gulen, fundador del movimiento Hizmet, exiliado en EEUU desde 1999- y de repente se unen en torno a Erdogan todas las demás fuerzas con una reactivación del nacionalismo, y la cuestión islamista pasa a un segundo plano. Lo principal era eliminar a estos socios incómodos, claramente islamistas.
Nos encontramos con que en 2016 en Turquía se produce un cambio en paralelo al producido a nivel mundial con Trump, Uterte, incluso en Cataluña, con una reactivación nacionalista que lo cambia todo.
A partir del 24 de junio habrá una república presidencialista, lo que no es tan grave, pero sí un país más liberal en la onda de Hungría, Polonia o Rusia…Tendremos un hombre fuerte más.

—En el plano internacional, esa nueva Turquía de la que hablas, ¿está afianzando más sus relaciones con Rusia ahora que ha vuelto a la intervención activa en la zona con su participación en la guerra de Siria?

—Turquía va a lo suyo. Como buen país nacionalista, va a lo que les interesa. No están dispuestos a sacrificar nada por nadie, van de potencia regional. Hoy irán con los rusos, mañana se acercan a los iraníes…Ese nacionalismo está en todas partes, también en Europa. Todo ello teniendo en cuenta  de que hay dos planteamientos turcos: uno el nacionalista estratégico de prestigio,  y otro el de los negocios. Precisamente ahí fue donde se produjo la ruptura, pues tras los incidentes del parque Taksim Gezi lo que mucha gente empezó a ver es que el país es una república de la gente que tiene dinero, y por tanto ni laicos ni islamistas se están beneficiando de la gobernanza de Erdogan.
Cuando vino el golpe del 16, se pensó que una manifestación de indignados cambiaría Turquía, y lo que vino fue otra vez Erdogan a la carga con el nacionalismo.

—¿Qué opina la intelectualidad turca?
—La intelectualidad turca es muy extensa, hay de ultraderecha, de izquierdas… Creo que los islamistas se han llevado un cierto chasco, y luego está todo el tema de la purga de los fethullachi, que eran muy potentes, con el control de la enseñanza y la judicatura, el funcionariado...También de la intelectualidad, donde se ha producido la detención de periodistas, teniendo en cuenta que la prensa en estos países no es plenamente neutral: o es del régimen o de grupos opositores. Al fin y al cabo, es un negocio que mueve millones y hay unos condicionantes que marcan su falta de neutralidad. Y en Turquía es más descarado.
Pero no creo que se produzca una rebelión de la intelectualidad o de cualquier tipo contra Erdogan; lo tenemos para rato. A no ser de un golpe dentro del partido contra él, que no descarto que el del 2016 tuviera parte de ello.

—¿Y qué es de los fethullachi, la organización de la que hablas con tanto poder en la educación, la judicatura e incluso la medicina?

—No creo que los fethullachi recuperen el terreno perdido de poder que tuvieron antes del golpe de 2016. Su problema es que no constituyen ningún partido, están muy cómodos con sus redes de influencias, pero la gente tampoco tiene muchas simpatías hacia unas personas que nadie sabe cómo son, ni lo que controlan, con unas reglas internas. Hay un rechazo hacia ellos por eso. La gente que vota a Erdogan ve que éste recibe las críticas mientras ellos están en la sombra, bien situados y manejando mucho dinero. En el aspecto social, Turquía es complicada. No hay una clase media definida, sino que está muy fragmentada.

—¿Podemos comparar su situación con Rusia, país con un líder político fuerte y una serie de oligarcas que controlan el poder económico y una población sumisa con un bienestar asegurado?

—La única comparación que veo con Rusia es que era la URSS hace cuatro días, desapareció como tal y ahora, tras una estabilidad económica que ha propiciado la formación de una clase media, tienen el orgullo de volver a ser una potencia fuerte. No es el caso de Turquía, que se salvó por los pelos con Ataturk, adoptó una postura defensiva y fue respetado como país, pero en los 70 y 80 fue un auténtico caos, con un número de muertos políticos superior al de la guerra civil de 1919-22. Turquía ha sufrido una inestabilidad política muy fuerte que respiró con la llegada de Erdogan en 2002, tras ganar por amplia mayoría. Ello ha supuesto una estabilidad económica, con inversiones externas importantes y convirtiéndose en la caja de caudales de los árabes. Todavía el régimen tiene mucho capital.

—¿Y a nivel de seguridad, en qué punto está actualmente? ¿Cómo está respondiendo el turismo a ello?

—Un país autoritario es un país seguro, es la ecuación que siempre funciona. Pero el turismo no cayó por los atentados, ya que en Turquía es en gran mayoría de origen ruso y éste está blindado. Hay un atentado y al día siguiente desembarca un avión en la ciudad, al contrario del inglés que, por ejemplo cuando se cayó un avión en el Mar Rojo evacuaron a sus turistas mientras los rusos se quedaron en los resorts tan tranquilos. El problema de la caída del turismo en Turquía vino de la caída del avión que derribaron en la guerra de Siria, lo que tensó mucho las relaciones con Rusia y ésta retiró sus turistas. La otra bajada vino de Israel, cuando tuvieron el problema con la flotilla de Gaza, que dejaron de venir y son muy numerosos en Turquía, pues es un destino cercano y barato.
Ahora que tienen buenas relaciones con Turquía, el turismo se mantiene. A estas alturas, el turismo inglés o francés no es significativo, al contrario que el ruso. Controlando el tema kurdo y finalizando la guerra de Siria, lo van recuperando bastante bien.

Momento de la intervención de Francisco Veiga en Casa Mediterráneo. Foto: S. MARCO—¿Y en qué punto están las relaciones con España?
—Hubo una época en que fuimos muy aliados, en el gobierno de Zapatero. Ahora tenemos una imagen exótica entre ambos países, quedamos cada uno en una punta del  Mediterráneo, por lo que no tenemos intereses en disputa, lo que ayuda bastante. Hay una imagen buena de Turquía en España también porque no tenemos una población turca residente masiva, como en Alemania.  Para nosotros es exótico y bonito para pasar unos días allí, pero es difícil trabajar y establecerse; tiene una cultura y lengua complicadas, no indoeuropea, llena de vocales y muy antigua, con pocos paralelismos con la nuestra.

—Por último y al margen del tema que nos ocupa, ¿cómo estás viviendo en Barcelona el “procés”?
—No es agradable. Por edad viví los últimos años del franquismo y en los 70 no había una sensación de miedo por si te detenía, pero sí no sabías con quién hablar por si tus palabras eran mal interpretadas. Ahora es igual, tienes miedo de hablar o comentar por si alguien puede ofenderse. El otro día hubo un homenaje a Junqueras en mi facultad y no sabías si ir por si te echan en falta, o bien por si creen que vas a observar…Estamos todo el día así, viendo quién se pone el lazo y quién no, en un ambiente muy enrarecido.

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