Oír en serio “La Novena” es ponerse a llorar

Lo hemos tenido que resumir para que no resultara un titular largo. Lo que dijo en una entrevista reciente la directora de orquesta española, Inma Shara (nombre artístico de Inmaculada Sarachaga (Amurrio, Álava, 1972) es evidentemente más preciso. Hablaba de Beethoven, claro, y la expresión concreta decía así: “Cuando uno escucha en serio la Novena Sinfonía se pone a llorar. Su concepción de la música es maravillosa”.

Viene esto a cuento de haber vivido Alicante el domingo 22 de abril el gran acontecimiento de la interpretación en el nuevo Auditorio de la Diputación de esta dádiva musical que tiene prendados a los melómanos de todo el mundo y somos muchos los que, sin olvidar la grandeza de otras obras y de otros compositores y lo mucho que se acercan a su altura, todavía decimos, a pesar del tiempo transcurrido, que nada ni nadie ha llegado a superar esa combinación tan magistral de contrastes entre melodías, ritmos, frases, armonías, acordes, silencios, concordancias y cadencias, tan capaces que obtienen unas consonancias emocionales que provocan tensión, dramatismo, regocijo y gloria, todo junto o poco a poco.

BeethovenEs la combinación más perfecta entre causa-efecto, entre mensaje y percepción. Hace muchos años que, sin ser especialista, me atrevo a denominar aquel regalo divino como la misma gloria. Fíjese usted que, desde el primer movimiento (un alegro retenido) se va entrando en algún sitio ideal con lentitud, tímida y vergonzosamente, que te va ganando en una sana curiosidad hasta el punto de aligerar el paso (presto, vivace) y demorarse a gusto en un adagio muy largo que si quisiéramos no lo acabaríamos nunca de no ser porque hay un final, donde intervienen coro y letra inigualables que impiden seguir adelante y nos dan la sensación de que el autor quiso que nunca fuera aquello un acabado definitivo, sino que alguien tendría que continuarlo, quién sabe si cada uno de los oyentes, exigiéndoles para eso que en sus mentes se retuvieran todas las sensaciones percibidas (innumerables según quién y cómo).

Es importante que Inma Shara nos haya matizado lo de oírlo “en serio” y lo de llorar. A estas alturas, en las que conocemos más detalles de las intenciones del autor, hay que tomárselo como lo que quiso ser, un canto de fraternidad lanzado a un universo infinito, nada de himnos continentales, nacionales, deportivos, revolucionarios, ideológicos ni piadosos. Sería una lástima que las lágrimas derramadas se quedaran cortas ante la grandeza de la obra.

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