Con motivo de los múltiples comentarios y estudios psicológicos y de criminología y, desde luego, los observatorios de los comportamientos delictivos de los individuos que aparecieron en cuanto saltó el escándalo (que parece que lo está siendo todavía) del llamado “caso Marta del Castillo” en enero de 2009 (una joven sevillana de 17 años asesinada por su exnovio Miguel, según confesión propia) se puso en evidencia, aunque se difundió bien poco, que España ocupaba el último lugar en la Encuesta Europea de Valores de 2000 en la valoración que los jóvenes tienen de las virtudes del sacrificio, la abnegación, el trabajo duro, la perseverancia y el espíritu religioso, según recoge González-Anleo, catedrático de Sociología, en un interesante artículo que se publicó a las pocas fechas de iniciarse el proceso judicial y que incide en las causas que facilitan la violencia juvenil en las que destacan principalmente las familias rotas y la falta de transmisión de valores o modelos de conducta por parte de los padres.
El citado autor insiste en recordarnos a todos que estos jóvenes, al estar como descarriados, y desde luego carentes de músculo moral y nervio espiritual para enfrentarse con la vida difícil que las generaciones adultas les estamos dejando (que a veces parece que se trate de abandonarlos y no valorarlos adecuadamente), son víctimas de la violencia social a la vez que protagonistas en la realización de agresiones con total impunidad. (Esos hechos se ajustan como anillo al dedo en el caso de Marta).
Los valores antes citados (los de siempre) ahora han sido sustituidos por otros porque las nuevas costumbres y leyes los facilitan, tales como libertad sin límites, sexo sin donación personal, éxitos sin esfuerzos, derechos sin obligaciones, caminos sin proyectos, y otros más, a los que hay que añadir la televisión y los videojuegos que unos estudios definen como los “incansables sembradores de violencia” a través de series, películas inapropiadas a horas inoportunas, uso inadecuado de internet y algunas redes, muchas horas de soledad, falta de atenciones y guías por parte de tutores y familiares, primando consejos ecológicos a una inexistencia de sostenibilidad moral… Las fechorías van en aumento, las circunstancias no favorecen y una actuación personal juiciosa se impone muy seriamente.
