Ya se está viendo, por las críticas y comentarios que surgen tras la proclamación y entrega de los Óscar del cine, que hay división de opiniones, empezando algunos por plantearse si es posible que una vuelta atrás tan descarada como el cine en negro y en silencio, puede traernos algo que premiar en estos tiempos del 3D o la alta calidad y el resbaladizo terreno de argumentos progres.
Quizás tengan razón los que piensen que cada tiempo superado es técnica y temática igualmente superada. Pero otros, que elogiamos al Artista, premiado con cinco estatuillas a mejor película, mejor director, mejor actor, mejor vestuario y mejor banda sonora original (y otros premios, incluido un Goya) hemos visto en ella no precisamente una mirada nostálgica (que es poco creíble) sino quizás un tributo de homenaje a los orígenes y sobre todo un grandísimo trabajo que nos ha dado a entender lo complicado que era hacer cine en los años veinte contando con sus limitaciones técnicas y lo mucho que se tenía que exigir a los actores (y a los montadores).
La historia que se nos cuenta, que viene a ser un gran drama porque refleja el fracaso ante una prometedora carrera artística, habría pasado como una más, sin pena ni gloria, si hubiera sido realizada con los procedimientos actuales. Pero no es del todo cierto ese argumento. Se trata de no pasar ni al color ni al sonido sin renunciar a las exigencias del mimo, del gesto, de una forma muy sugerente de mirar a cámara, que son un arte más comprometido por más rígido, incluso el cartelito que te va contando lo que pasa, con alguna caída jocosa como cuando vacían la casa que el artista, ya perdedor, pone en venta. Copié en la oscuridad lo que decía: “¡Enhorabuena; se ha vendido todo! ¡No le queda nada!”. De cine. Lo mismo hice cuando el chófer le dice al galán derrumbado en su vanidad herida: “¡Cuidado con su orgullo, señor Valentín!”. Se tiene el detalle de ponernos como secundarios a artistas muy conocidos que hacen de eslabones y parece que nos lanzan guiños de complicidad a los de esta época que les hemos visto en muchas películas; quizás se merecían también un premio, como el sexto óscar que se les olvidó entregar: al perrito Uggie, un gran intérprete. De ahí que apreciemos en este filme un trabajo hecho con tanta delicadeza para cuidar los detalles humanos (emociones) y artísticos (el título) y un guión llevado por una música descriptiva y dulce que facilita la comprensión y la reflexión. Al acabar la proyección, el público empezó a aplaudir. Como antaño.
Demetrio Mallebrera Verdú
