Un prestigioso profesor universitario español de Sociología, tratando el tema de la relación de padres e hijos y la educación con dosis altas de pretensiones que conllevan desmedidos grados de exigencia, nos relata dos casos extremos que nos hacen pensar. Unos salen bien, otros mal. Son André Agassi en tenis e Ichiro Suzuki en béisbol.
Vayamos primero por el más desconocido por nosotros. El mayor éxito exportado por Japón a los Estados Unidos no ha sido una marca de automóviles, sino un jugador de béisbol con el mismo apellido, quien ya ha superado todos los récords desde que juega en la Major League Baseball, especialmente el del mayor número de hits logrados en una temporada que hizo proclamar al jefe de gobierno nipón que aquello era la grandeza de unir un talento natural a una entrega desacostumbrada, pues no se trataba de suerte ni azar. Su carrera la programó desde niño un padre rígido y concienzudo, entregado en cuerpo y alma a la hazaña de convertir a su hijo en una estrella del béisbol. Entrenaba con él a diario desde la salida del colegio hasta las once de la noche y masajeaba sus pies antes de dormir, dedicando así poco tiempo a distracciones con sus amigos. Ichiro es un tipo amable, tranquilo, normal, dicen que también es el vecino ideal. No se conocen escándalos ni excentricidades.
Agassi ha sido aglutinador de trofeos en los años 90 y es más conocido por tratarse del tenis. Sólo en el primer gran slam de Wimbledon en 1992, ganando por cuatro sets a uno, fue eufórico a decírselo a su padre, y éste le reprochó que cómo era posible que hubiera perdido el cuarto set. Se desmoronó. Lo cuenta él mismo en una autobiografía, rememorando su niñez marcada por un padre brutal y colérico, que machacaba a su hijo cada día obligándole a devolver 2.500 bolas lanzadas por una máquina. A los trece años lo ingresó en un internado que era una escuela de tenis sin importarle la traumática separación de padres y hermanos en esa edad delicada. Empezó a ser profesional a los quince, pero mezclando a sus habilidades los heridos sentimientos marcados por las exigencias de victoria del padre, por lo que cada derrota era un sufrimiento insoportable. Llegó a odiar al tenis y también a su padre, lo que le llevó a refugiarse en el alcohol y las drogas. Y todo porque el padre, también tenista, no destacó ni pasó de ser del montón, y proyectaba en su hijo sus fracasos.

