Trescientas... y pico

Imágenes que curan

Nancy Pelosi rompe el discurso de Donald Trump (Fuente: RTVE).

Vivimos de imágenes. Unas veces reales, otras, las más, no tanto. Incluso las palabras alcanzan su éxtasis cuando son capaces de transformarse en imágenes puras. Eso es la poesía.  Imágenes sin imágenes. Cualquier revolución –o contrarrevolución- necesita de ellas para asentarse en las conciencias. Las imágenes suelen sacar lo peor de cada uno, pero, a veces, las menos, también nos acunan y nos hacen sentirnos un poco menos lobos solitarios. Un poco más humanos.

Hoy en día esa gran productora de ideología que son los medios de comunicación nos inunda con imágenes que duelen. Que hacen daño. Nos hablan casi siempre de dolor y destrucción. De pobreza. De luchas injustas. De miseria. El niño sirio Aylan que apareció muerto en una playa griega destapó el horror de la guerra en Siria. La imagen hizo mucho más en el despertar de las conciencias ante la barbarie que lo habían hecho cientos de crónicas periodísticas que desde años antes describían los horrores de ese conflicto y las condiciones horrendas del éxodo masivo del pueblo sirio huyendo de la guerra. En aquella imagen –recuerden– no había sangre, ni destrucción, pero allí, en la soledad de esa playa y en el gesto de ese hombre, recogiendo al pequeño Aylan fallecido en el naufragio de la misma patera en la que murieron también varios miembros de su familia, estaba todo.

El niño sirio Aylan es recogido en la orilla griega mediterránea (Fuente: RTVE).

Contra la palabra se puede luchar, contra la imagen es más difícil. Hay algo de atávico que lo impide. Eso lo supo siempre la iglesia católica llenando sus templos de imágenes, vírgenes y santos. El primer avión atravesando las Torres Gemelas como un queso gruyère supuso un antes y un después, porque nunca antes pudimos pensar que esto podría ocurrir, convencidos de que cosas así solo pertenecían al territorio de los sueños. Y sucedió y tuvo las graves consecuencias que tuvo en gran parte porque vimos esa imagen a la hora del café y del postre.

La mayoría de estas imágenes llevan oculto el dolor y la muerte. La destrucción. Pero de vez en cuando surgen, ya decía, esa otra cara de la imagen poderosa que nos reconforta con la bondad humana, ubicada en el lado de la lucha por los derechos humanos, la justicia social, la denuncia del ogro que siempre amenaza. En ese lado está seguramente la reciente de Nancy Pelosi.

Es muy posible que muchas personas no supieran hasta hace unos días quién es Nancy Pelosi. Y es también muy posible que muchas de ellas no tarden en olvidar su nombre, tan cierto como lo es que ya no será tan fácil que muchas de estas mismas personas puedan olvidar fácilmente su imagen detrás del presidente Donald Trump en el día que este pronunciaba el discurso del Estado de la Unión. El gesto y el atrevimiento de esta mujer estadounidense de 80 años, vestida de blanco no casual, presidenta de la Cámara de Representantes de EE. UU., tercera autoridad nacional y primera mujer en alcanzar este alto cargo en la historia de este país, será muy difícil de olvidar porque ha quedado grabado a fuego. Es el poder hipnótico de la imagen. Este simple y valiente gesto –rasgar el texto del discurso del presidente en sus narices– lo tiene todo para pasar a formar parte del museo de las imágenes que importan: rebeldía, denuncia de la misoginia, trescientos años de lucha por la igualdad de las mujeres están detrás. Su gesto, seguramente, ha hecho mucho más por la lucha de las mujeres en EE. UU. que decenas de trabajos, decenas de congresos y estudios sobre esta realidad tan dura. En ese gesto estaba concentrada la pelea de millones de mujeres luchando por sus derechos.

Nos olvidaremos de Pelosi, incluso Trump pasará, pero quedará ese gesto, esa imagen. Porque la vimos y nos reconfortó.

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Pepe López

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  • Discrepo. Es un gesto de mala educación. Rompe con la cortesía exigible en los altos niveles de la gobernación de un estado, y más en uno de los actos más solemnes de la vida política de dicho estado. Es un gesto cobarde porque se sabe mujer y anciana y utiliza ambas condiciones. Si una republicana del Tea Party se lo hubiera hecho a Obama estaría mundialmente crucificada. Es una pataleta por no haber sacado adelante el impeachement. Nada tiene que ver la lucha por la igualdad de la mujer con su rabieta, pues en el discurso de Trump no hubo ninguna mención ofensiva o de menosprecio hacia las mujeres. En fin, Trump no es el modelo deseable de presidente de una potencia mundial, pero está claro que a los adversarios «los ha puesto a su nivel».

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