Al paso

Guerra y Omella versus Sánchez e Iglesias

Alfonso Guerra, marzo 2011. Fotografía: UNED. Juan José Omella, septiembre 2013. Fotografía: Zajano. Pedro Sánchez, julio 2014. Fotografía: Euskal Sozialistak. Pablo Iglesias, diciembre 2015. Fotografía: Gmmr3 (Fuente: Wikimedia).

El presidente y sus ministros y ministras socialistas han perdido el norte, el sur, el este y el oeste; están completamente desorientados tras hacer de Iglesias su estrella polar

No es la religión el opio del pueblo, como dijeron algunos pensadores malpensados antes que el filósofo y político Carlos Marx. Es verdad que el marxismo utilizó esa expresión para intentar desprestigiar el Cristianismo y que los regímenes comunistas inspirados por Marx y Engels, a partir de la Revolución Rusa, llevaron hasta extremos criminales la persecución de las distintas religiones cristianas quemando iglesias y conventos y asesinando a millones de creyentes empezando por obispos y terminando por jóvenes seminaristas o simples cristianos en numerosos países, entre ellos España. Hace solo unos días, el pasado sábado día 7, el cardenal arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, presidía, en la basílica de la Sagrada Familia, la ceremonia de beatificación del joven Joan Roig y Diggle, asesinado por milicianos el 12 de septiembre de 1936, primer año de gobierno del Frente Popular de socialistas y comunistas. La Iglesia archidiocesana barcelonesa ha reivindicado la figura del joven y ha escrito que fue martirizado por su fe, porque “no tenía miedo de defender a Cristo”.

Ocurrió en la Cataluña de Lluís Companys como presidente de la Generalitat, con unos consejeros que se jactaban del incendio de iglesias y conventos y con el mismo molt honorable declarando a un periódico francés que no había que pensar en restablecer el culto religioso, pues ya no había iglesias en Cataluña. Eliminaron el opio del Cristianismo liberador e implantaron el opio del odio frustrante y alienante, cercenador de las libertades.

Desde que Jesucristo diera su vida por la libertad, igualdad y fraternidad de todos los hombres, sean o no cristianos, han salido sin cesar, en todas las épocas, mentirosos que cometieron crímenes y más crímenes contra los que según ellos se oponían a que las grandes masas de humanos fueran libres, iguales y hermanos. ¿Por qué asesinaban y convertían en criminales a los que querían sublimar? ¿Qué manera es esa de sembrar odio y matar so capa de libertad, igualdad y fraternidad? Comunismo, socialismo marxista y cualquier populismo mendaz, junto a otros ‘ismos’, esos sí que son el opio del pueblo y de la buena gente.

Siempre hubo malos tiempos para todos los hombres de buena voluntad por culpa de unos pocos embaucadores y cínicos personajes con afán de protagonismo y que terminan erigiéndose en dictadores, se llamen Hitler, Lenin, Stalin, Mao, Ortega, Morales, Maduro o… Todos se eternizan (o lo intentan) en el poder cuando lo alcanzan. Pero no creen en la eternidad. Y todos esos que acabo de nombrar atacan a la religión, sobre todo a la cristiana, acaso porque su fundador, Jesucristo, predicó que “la verdad os hará libres”, “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, “mi reino no es de este mundo”, “amaos los unos a los otros como yo os he amado”, hasta la muerte y muerte de cruz.

La doctrina social de la Iglesia, como ya escribí en un artículo reciente, es muy clara y defiende el disfrute universal de los bienes de la tierra de manera que, aun defendiendo el sistema de propiedad privada como la forma más lógica de promover la riqueza y la iniciativa personal, exige la función social de los bienes para que a nadie falte el trabajo digno y una remuneración justa. El Estado tiene que garantizar esas dos premisas. Lo planteó con agudeza Santo Tomás de Aquino y es doctrina del Papado desde León XIII a Francisco en su reciente encíclica ‘Fratelli tutti’, hermanos todos y no lobos.

España vive un momento especialmente peligroso, porque el PSOE gobernante ha llevado a Pedro Sánchez a retratarse con el Papa, pero con quien se abraza es con Pablo Iglesias. Alfonso Guerra, Felipe González y otros barones del PSOE le gritan a Sánchez “con Bildu no”, pero en vano. El robot es implacable haciendo el mal.

Francisco está siendo utilizado por un Gobierno sociocomunista. O la Iglesia espabila o saldrá malparada con Iglesias, el coaligado que se está zampando a Sánchez y que amenaza no solo a la religión sino a toda España. Se fotografían con la Iglesia pero no creen en ella. La persiguen ya. Esto huele que apesta a Frente Popular.

¿Cómo pueden ser tan cínicos los Sánchez y compañía para llamar desleales a sus veteranos compañeros del PSOE, como Alfonso Guerra y Felipe González, que les recriminan los ‘abrazos’ con los bilduetarras, estos herederos de criminales terroristas a los que no les impiden homenajes a los asesinos que salen de las cárceles? La Unión Europea urge a Sánchez para que evite esos homenajes a terroristas que nunca se arrepintieron de sus crímenes. ¿Cómo un vicepresidente del Gobierno, un podemita comunista, de extrema izquierda, se sube a la chepa de Sánchez y humilla a toda nuestra nación haciendo el payaso bolivariano aprovechándose de una visita institucional, con el rey, a Bolivia?

Pedro Sánchez y sus ministros y ministras han perdido el norte, el sur, el este y el oeste; están completamente desorientados tras hacer de Iglesias su estrella polar. Este presidente tiene la cara de cemento armado cuando se permite acusar de deslealtad a los barones socialistas que le critican por su deriva antisocialdemócrata. El desleal es él y desleal es su ministro de Fomento y secretario general del partido, José Luis Ábalos, que ha calificado de “victoria democrática que los herederos políticos de la banda terrorista se hubieran integrado en las instituciones tras ser derrotados”. Y lo dice de unos bilduetarras que, al tiempo que él dice esa insensatez, le gritan, desde el Parlamento vasco: “Vamos a Madrid a tumbar el régimen”, que es tanto como decir que apoyan al Gobierno y están en el Congreso de los Diputados, pero para acabar con el régimen constitucional desde dentro.

Miren lo que ha dicho el presidente de la Conferencia Episcopal, el cardenal y arzobispo de Barcelona, Juan José Omella (en un discurso, ante sus compañeros episcopales que les aconsejo que lean íntegramente en internet, porque no tiene desperdicio): “Ante esta situación (se refiere a la crisis global que vivimos en el país), queremos hoy nuevamente recordar y agradecer el gran esfuerzo colectivo de nuestra sociedad que, movida por un espíritu de concordia y de proyecto a largo plazo para nuestro país, fue capaz de alcanzar el gran pacto nacional de la Transición que cristalizó en nuestro actual sistema político definido en la Constitución de 1978 y que hemos de preservar y fortalecer… La mejora de nuestras instituciones no pasa por el borrón y cuenta nueva ni por el romper radicalmente el consenso, sino por trabajar unidos para mejorar y potenciar el actual sistema democrático…”

Sobre la educación, Omella señala que la Iglesia apuesta por un gran pacto global “que sea a largo plazo y que incorpore a todas las fuerzas políticas y también a las entidades civiles y religiosas activas en el campo de la educación. Sería muy conveniente que este pacto educativo pudiera concretarse en una Ley”. La Iglesia española es contraria a una ley, como la de Celaá, sin consenso e ideologizada.

Están ciegos de poder Pedro Sánchez, Carmen Calvo, Isabel Celaá, José Luis Ábalos y toda la comparsa de ministros y ministras a los que vapulean con razón Alfonso Guerra, Felipe González, García-Page, Lombán y (con un poco de miedo al robot-jefe) Fernández Vara, haciéndose portavoces de miles y miles de socialistas que ven cómo el sanchismo despendolado pone en peligro unas siglas con 140 años de historia. ¡Arriba los Alfonso Guerra y Juan José Omella y abajo los Pedro Sánchez y Pablo Iglesias! La locura sanchista tiene que acabar cuanto antes. Por el bien del partido y por el bien de España.

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Ramón Gómez Carrión

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  • Fantástico artículo, valiente, claro y cargado de cordura.
    Estamos necesitados de voces sembradoras de concordia y paz.
    Mis felicitaciones a Ramón Gómez

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