Trescientas... y pico

Excesos por navidad

Belén gigante de Alicante. Fotografía: Álex Domínguez.

Hace demasiado que vivimos rodeados de excesos. A veces, incluso, sin darnos cuenta. Siempre me ha parecido que esas manifestaciones de sobreabundancia, la exageración del gesto, esas expresiones de riqueza y de poder impúdico, sean éstos fastos militares, económicos, festivos, o simplemente mundanos, esconden alguna anomalía. Algún desequilibrio interno de difícil diagnóstico. Algún extraño complejo, una secreta culpa y alguna inconfesable y enfermiza aspiración de culto a la personalidad de quienes los protagonizan.

Dice un viejo refrán castellano “dime de qué presumes y te diré de lo que careces”. No sé si es exactamente eso, pero pudiera ir por ahí la cosa. Pese a los tiempos oscuros que vivimos, o quizás por esto mismo, parece claro que para algunos casi la única forma de ocupar espacio en la selva de la comunicación y la representación está precisamente en la exageración, en la burda hipérbole de lo cotidiano como forma de representación pública. Y en esa querencia, la navidad parece haberse convertido en el mejor caldo de cultivo y en el gran escaparate para inconfesables deseos de megalomanía de algunos dirigentes políticos.

Luces de Navidad, Vigo (Fuente: https://turismoriasbaixas.com/).

Así, llevamos año tras año asistiendo atónitos a la carrera un tanto pueril del alcalde de Vigo, Abel Caballero, intentando convencer al mundo entero que en cuestión de luces de navidad nadie como su ciudad, Vigo. Más que New York. Más que París, reitera una y otra vez. Y en ese o parecido escenario parece se ha instalado el recién llegado a la alcaldía de Madrid. José Luis Martínez-Almeida ha ordenado –porque estas cosas solo se pueden hacer si alguien las ordena– el montaje a modo de decoración navideña de la bandera de España más grande y más larga que se recuerde en la capital del reino, tierra como sabemos dada ya de por sí a banderías.

Bandera española en Madrid (Fuente: Telemadrid).

Y aquí mismamente, en Alicante, tenemos a su alcalde, Luis Barcala, empeñado en protagonizar otra hazaña para la eternidad de lo inútil. Ha mandado –ya saben, estas cosas se mandan– construir el belén más grande del que se tengan referencias bíblicas, escritas o habladas, en los anales de la historia y con la nada secreta esperanza de lograr el récord Guinness, ese título del que tantos hablan sin saber muy bien para qué sirve. Y ahí está ya en la plaza del Ayuntamiento parte del montaje, un San José enhiesto y a punto de tocar el cielo; y ahí está ella, la Virgen, sentada, sumisa y más cerca de la tierra, como parte del desvarío y esperando al resto de figurantes –hasta quince– que están por venir.

Seguramente todos estos excesos, estas manifestaciones de poder impúdico, son solo signos superfluos de los tiempos, nuestras catedrales de lo finito, en una época en la que ya nos parece hasta normal que se cultive para luego tirar y se compre para almacenar, para mostrar. Mal estaría que estas grandilocuentes manifestaciones de la nada las promoviesen empresas privadas con su dinero y con su riesgo, pero que estos mismos o parecidos hechos sean patrocinados por políticos de paso, que juegan con el dinero de todos, de cara a una navidad que se presume dolorosa y en medio de la incertidumbre de una pandemia, ya cuesta más entender.

En la novela El gran Gatsby, publicada en 1925, su autor, F. Scott Fitzgerald, nos relata el derroche hasta la náusea del protagonista, el tal Gatsby, en fiestas y bacanales en los felices años veinte muy cerca de Nueva York. Allí, al menos, había una razón oculta, un viejo amor que recuperar. Pero, ¿y aquí? ¿Qué amor hay detrás de las luminarias infinitas de Caballero, de la inabarcable bandera de Almeida y de las gigantescas figuras de Barcala? ¿Qué tiene todo esto que ver con la Navidad bíblica que celebran los cristianos? Eso me pregunto a veces.

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Pepe López

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