Impulso irresistible

Equis días de reclusión

Imagen: Frauke Riether.

Sigue habiendo mucho por hacer, pero estos días nos fijamos en las cosas que el ingenio humano aporta para distraer tantos días de confinamiento. Cada día es una oportunidad para ser útil, para ser mejor, para ser más uno mismo; para avanzar, crecer, aprender y sobre todo para aceptar el misterio de estar y de sentirnos vivos. Tiempo de descubrir alguna que otra faceta oculta o poco desarrollada que puede venir muy bien si es para mejorar a los que nos rodean y nos necesitan, a los que vemos y sentimos que viven a nuestro alrededor, en nuestra cercanía, pero que apenas si les vemos, ni siquiera les oímos (el “buenos días” -o tardes o noches-, el qué calor, o el qué bochorno, sale de nosotros como simple y buena excusa para entablar conversación con los vecinos), pues no es momento de entrar en mayores profundidades no vayan a mirarte mal o a desairarte, aunque a todos nos gusta aprovechar estos saluditos simples y coloquiales para decir algo más con respecto a la gestión municipal o estatal, y no digamos a la cosa extraña que se ha instalado por encima de nuestras cabezas y se manifiesta con descaro y obligatoriedad con el uso de las mascarillas en donde a veces también dejamos de forma abrupta la impronta de nuestra creatividad, nuestro punto de originalidad.

El confinamiento, que lo único que quería era aislarnos, a veces ha sido el mejor aliado para dar el paso de vecinos hacia el estado de confianza, que es donde uno se siente cómodo hablando de sus cosas y escuchando las de los demás, pues deben de ser bien parecidas. Pero ya van pasando equis días y no terminamos de ver el final porque la cosa sigue. Y en estas conversaciones se aprecian las diferencias y distancias, ya que sin querer vamos quejándonos de cuanta culpa tienen esos que no dejan que el medidor no baje y así no hay forma de quitarnos el sentido de culpa que arrastramos en casos como éste, y otros parecidos, por fortuna no muy recurrentes. Hombre, claro, esto es excepcional, pero lo que se alarga mucho sin que nadie venga a arreglarlo, sin que nadie te consulte, nos suena a falta de educación –por exagerar un poco-, ya que nos sentimos como abandonados, sin respaldo, sin que venga un guardia o policía dando explicaciones. Ya, ya sabemos que no hay nada más que decir, y que la última palabra la tiene un tal Simón –que no es una marca sino un buen chico, representante del Gobierno y puesto ahí en la tele, aunque no siempre, para hablar en su nombre y autoridad, pese a que lo que diga no sea lo que esperábamos, ni tampoco si las medidas que se toman van para adelante o para atrás (que de todo ha habido, ¡eh!), pues esto es una cuarentena multiplicada también por equis, el número indefinido.

Imagen: Gerd Altmann.

El confinamiento es un encierro o reclusión dentro de los límites de nuestra propia casa. El Estado pide nuestra colaboración para que los efectos del virus no se apoderen de nuestra salud personal y del núcleo familiar que tenemos formado. Hay que guardar, además, unas mínimas normas de higiene que no son demasiado exigentes pero no hay que olvidarlas. En otras circunstancias, la mascarilla era una forma de salir de casa sin ser reconocido. No es el caso en estos momentos cuasi trágicos donde la gente se contagia y ya se lleva un elevado número de víctimas que probablemente no pudo haberse protegido convenientemente. Confinarse es recluirse, pero no del modo y manera que nos hubiera gustado contando con nuestros gustos, el material necesario para hacer una fiesta y, desde luego, las personas que nos acompañan con sus gustos afines con los nuestros. En este rollo que ya se hace largo acabas por perder la paciencia más que nada por la falta de información certera y puntual, por la incertidumbre que nos envuelve como capa de nerviosismo, como ansiedad, aburrimiento, vulnerabilidad, incertidumbre, falta de serenidad y de ilusión; desesperanza, sí. En la tele te dicen que te animes pues van a poner películas y musicales exitosos de pasados años. Nada nos llena; esto es un estado personal de confinamiento mental. Necesitamos apoyos de regulación emocional.

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Demetrio Mallebrera

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