Al paso

Enrique Ponce está pasando de figura del toreo a famoso del corazón con sirenita de Ulises

Ulises y las sirenas, de Herbert James Draper, Colección Ferens Art Gallery (Fuente: Wikipedia).

Cada uno es muy libre de hacer con su vida lo que le dé la gana. Pero el ejercicio de la libertad tiene un precio. Ocurre eso tanto cuando estás en una situación social elevada como cuando te mueves en ambientes de clase media baja o incluso de pobreza. En unos y en otros casos, el comportamiento del sujeto en relación con su familia y con sus vecinos le cataloga como una buena persona, digna de alta estima, o como un papanatas y hasta un mal sujeto debido a su reiterada pésima conducta familiar o social. Uno elige libremente estar en paz consigo mismo y con los otros o verse sacudido por los acontecimientos que provoca. Hay gitanos que gozan de prestigio y alta estima entre sus clanes y existen aristócratas (hablo también de tantos nuevos miembros de la aristocracia del dinero y la fama) que son el hazmerreír ‘de los suyos’ y de toda la nación.

La fama, como la suerte, no es una. La hay buena y la hay mala. Unos llegan a estar en boca de todos gracias a sus méritos personales, como los grandes toreros y los cantantes de éxito, por poner solo dos ejemplos de triunfadores esforzados. Los que llegan a lo más alto suelen tener un mérito excepcional, porque a sus cualidades naturales añaden un trabajo permanente. Algunos de ellos no solo consiguen mantenerse en la cumbre del éxito y de la fama, sino que llevan ambas cosas con naturalidad y elegancia, con lo que demuestran no solo su valía profesional sino su extraordinaria calidad humana.

Desgraciadamente se producen casos de meritorios famosos que devienen en decepcionantes en alguna etapa de su vida. A algunos les pierden las malas compañías; a otros los malos consejeros, y unos pocos se pierden a sí mismos por dejarse llevar de sentimientos y no por convencimientos. Se pierden por su mala cabeza y su frágil corazón. No anteponen firmes convicciones a cantos de sirenas. Y eso es lo que yo creo que le ha ocurrido a Enrique Ponce con su sirenita Ana Soria.

La historia de la ‘Isla de  las sirenas’ es una de las que conforman la ‘Odisea’, el libro de Homero que narra la vuelta de Odiseo (Ulises en la traducción latina de la epopeya griega), la vuelta, digo, a su reino de Ítaca tras la guerra de Troya, al encuentro con su esposa, Penélope; su hijo, Telémaco, y su anciano padre, Laertes, al primero que vio al llegar a su finca y que le provocó llanto de alegría al verlo de lejos encorvado trabajando la tierra. No olvidaré nunca a mi profesor de literatura, don Feliciano, leyéndonos ese momento de la Odisea y esta frase de Homero: “sintió el héroe aguda picazón en la nariz”. ¿Quién no ha sentido esa picazón en algún encuentro emocionante con un familiar muy querido al que no veíamos hace tiempo o con el que nos hemos reencontrado tras salir del hospital?

Los guerreros a las órdenes de Ulises se taponaron los oídos con cera para no escuchar los cantos maravillosos, pero criminales, de las sirenas y Ulises les ordenó que lo ataran con maromas al mástil de la embarcación para no dejarse embaucar. Así pudo reencontrarse con Penélope, su hijo y su padre. Es todo un ejemplo para quienes prefieren luchar por resolver satisfactoriamente asuntos importantes antes que dejarse llevar por cantos de sirenas que, con frecuencia terminan en llanto, pero no de alegría, sino de dolor. Y, a veces, sin posibilidad de retorno. Cuando se queman las naves en puerto enemigo es impensable volver a puerto seguro.

Me da que Ponce ha quemado las naves; que está pasando de figura del toreo a famoso del corazón con sirenita de Ulises. El excelente matador de toros es carne de revistas y programas televisivos del corazón. Así es muy difícil, casi imposible, el regreso a Ítaca. Aunque siempre queda el dicho popular “mientras hay vida hay esperanza”. Otro más: “nunca es tarde para rectificar”. Y éste: “rectificar es de sabios”. Si yo fuera Ponce. rectificaría de inmediato, Cuanto antes se ponga de rodillas ante su mujer, Paloma Cuevas, vestido con saco de penitente, mejor. A ambos les conviene la reconciliación, pero el primer paso lo tiene que dar quien está teniendo un comportamiento inapropiado en tan durísima situación. Le hace falta valor y acierto ante este toro tan difícil de lidiar. Suerte, maestro.  

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Ramón Gómez Carrión

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