Impulso irresistible

¿En verdad vivimos en una emergencia social?

Fotografía: Pedro Wroclaw.

La respuesta a esta incómoda pregunta bien podría ser una nota alta en el examen de ingreso para periodismo, aunque también para cualquier otra carrera o asignatura del más puro humanismo, quién sabe si también para las artes escénicas, donde aparecen y desaparecen temporal y muy oportunamente algunos personajes principales sin cuyas actividades no sería posible el interés permanente del espectador, ni acaso su presencia de no ser porque también forma parte del interés del autor por mantener no sólo un nerviosismo, fruto de la tensión lograda por su habilidad y la del intérprete, sino también por la continuidad de la obra y, en consecuencia, de su mensaje, siempre y cuando no se haya dado por concluida ni escena ni representación. Es que una emergencia social puede ser una declaración de guerra (y búsquele ahí las mil maneras de provocar estos extremos humanos, que pueden venir de actitudes ajenas o de la acción de la misma naturaleza, que suele sorprendernos).

Estamos siendo víctimas de dos cosas: Primero, de una amenaza de muerte por la existencia en nuestro entorno de un virus criminal que deja a su paso muerte y desolación; y en consecuencia, de unas medidas estrictas, impuestas por las autoridades que nos gobiernan, caracterizadas por la obligatoriedad de un régimen vital en todo lo que hacemos, así comamos, nos paseemos, viajemos conduciendo nosotros o que otros nos lleven, o trabajemos (que será lo más normal). Es el choque de dos dictaduras, o más bien de dos monstruos empeñados ambos en derribar al adversario sin dejar nada de él, en el caso químico, o tener que hacer duelo a un difunto cuyas fuerzas vitales se las han comido en su enfrentamiento personal. El fenómeno químico no tiene alma ni corazón ni sentimientos. El ser humano atacado forma parte de una colectividad con familia, pueblo, país…

La emergencia social no está sólo en la guerra abierta hasta un supuesto final si alguien sabe rematar. Lo indignante es no confiar en quien no había tenido más remedio que hacerlo. Estamos en estado de alerta todavía, lo que pasa es que se van abriendo espitas, agujeros, boquetes, goteras… Y así ni siquiera hay modo de tener claro si se nos han muerto 30.000 compatriotas o a esa cifra redonda y sobrestimada hay que establecerle algún cambio convenido con enemigos que ahora están dentro de las instituciones que nos gobiernan y nos dicen lo que hemos de hacer en todo momento. Algunos no saben salir del estado de alerta: no tienen instrucciones claras y precisas, o no terminan de comprenderlas. ¿En verdad vivimos en una emergencia social?

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Demetrio Mallebrera

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