Opinión

El virus de la corona

Símbolos de la Monarquía española (Fuente: Ministerio de la Presidencia, Gobierno de España).

El lunes pasado empecé a pergeñar esta columna. Parecía que la noticia se la había tragado la tierra. Que si Corina, que si su hijo –el de ella, el de los dos, quien sabe…–, que si 65 millones de euros donados, que si comisiones de países árabes…

Yo, la verdad no lo terminaba de entender: habitualmente las comisiones las pagan aquellos que consiguen que el intermediario encuentre un potencial comprador y la venta cristalice. En ese presunto caso, debía haber sido la empresa constructora la que debía haber agradecido la majestuosa gestión con los petroleros abonando un porcentaje de la factura final. Pero… ¿al revés? ¿Cuál era el motivo real que justificaba el supuesto abono?

Y en esto que estalla del todo el coronavirus de marras y parecía que el tema suizo, lo de las fundaciones, el amor paterno no filial, los intermediarios financieros, los bufetes… se lo había llevado el viento que trae las angustiosas noticias de la pandemia. Y de pronto el comunicado de la Casa Real, la renuncia a recibir herencia por parte del rey Felipe y de su hija la infanta del emérito Juan Carlos y la desaparición de su “nómina” con cargo a los presupuestos del Estado.

Vendrán nuevos aires y nuevos tiempos, y con ellos –espero– se irá acomodando la enfermedad vírica a lo excepcional, a lo raro, porque se encontrarán soluciones farmacológicas para combatirlo. Pero quedarán preguntas en el aire, por responder, que quizás nadie formalice por el respeto que al monarca jubilado se le tiene –o que se le tuvo, al menos hasta ahora– por su intervención en el asunto del 23 de febrero. El problema es que hay generaciones que nacieron después de aquella mala noche, y no tienen porqué guardar esa veneración al sistema de monarquía parlamentaria. Y de las que ya habían llegado a la adultez entonces, también hay muchos ciudadanos que dudan de su justificación. Y por si uno mismo se hiciera pocas interrogantes, y algunas más oyera en las tertulias de radio, los guasaps terminan por hacer un catálogo casi completo.

–¿Por qué ha tardado un año –desde que parece que fue a un notario a firmar la renuncia– Felipe VI en tomar las decisiones que ha tomado ahora?

–La reina Leticia, siendo periodista, ¿acaso pensaba que se podían ocultar tales hechos?

–¿No es verdad que tal renuncia no se ajusta a derecho hasta que fallezca el padre?

–¿Tienen los reyes “anteriores” la habitual fórmula matrimonial de “gananciales” o la de “separación de bienes”? Hay que tener en cuenta que al fallecimiento del Borbón padre supuestamente también heredaría doña Sofía, y a su muerte, todos sus hijos…

–La segunda hija de Felipe y Leticia… ¿también ha renunciado a una posible herencia? ¿Y las hermanas del rey…?

–¿Es verdad que éstas también eran “herederas” de otras “fundaciones reales”?

–¿Es cierto que la supuesta amante del emérito residió en un palacete que es Patrimonio del Estado, y por tanto “propiedad” de todos los españoles?

–¿Acaso los vecinos “reales” no se enteraban de tal circunstancia?

–¿Y doña Sofía? ¿No hubiera tenido que planearse una separación o divorcio?

Y llegó el martes, y el colega Joaquín Rábago casi me robaba este titular en las páginas de Información. No importa, versiones parecidas probablemente se sucedan mientras se debate si ha de crearse una comisión parlamentaria de investigación, mientras los inspectores de Hacienda propongan un trato similar a cualquier otro ciudadano, y mientras la propia Casa Real encargue la defensa del rey jubilado a un exfiscal.

Y llegó el miércoles, y el monarca se dirigió a los españoles a través de la pequeña pantalla, y mientras algunos esperaban alguna alusión sobre el trasunto familiar, lo que se oían dicen– eran cacerolas en los balcones.

La cuestión esencial es que mientras al covid19 tarde o temprano se le encontrará solución –ya se anuncian avances en la investigación, los chinos parecen haber pasado el punto álgido de la enfermedad…– al virus de la Corona no habrá vacuna que lo entierre ni con pico y pala…

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Toni Gil

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