Impulso irresistible

El uso de pantallas impide la lectura profunda

Fotografía: Dariusz Sankowski.

Está muy bien, y es más que necesario, utilizar pantallas que reproduzcan textos y mensajes en aquellos lugares donde lo más importante es estar informados con detalle, especialmente si se refieren a comunicados sobre asuntos que toda la ciudadanía debe conocer, o al menos las personas allí recurrentes. Esto se comprende rápidamente cuando nos encontramos en una estación que concentra a individuos que han de viajar de unos lugares a otros y están supeditados al cumplimiento de unos horarios (así lo vemos a diario al tomar el ferrocarril, el autobús, el barco, el avión…): se inició con ello probablemente el ya generalizado y necesario uso de ciertos hábitos digitales, con los que a día de hoy convivimos; aunque siempre criticábamos que en esos zaguanes inmensos se permitieran los avisos de voz de un modo que se producía un eco que mayormente confundía y obligaba a una excesiva preocupación por su escucha de manera repetida porque el centro del mensaje a veces se perdía a pesar de estar tan sumamente alto. Pero estas misivas están hoy en casa, a través de la pantalla de uno o varios de los ordenadores que existan.

Los mensajes (sean del tipo que sean), son las frases que nos quieren hacer llegar, para nuestro bien, nuestra necesidad o nuestro recreo, los que los han trabajado pensando en nosotros o en otros destinatarios; pues aquí están los publicitarios, los informativos, los narrados en una o varias voces para significar conversaciones, y, desde luego, mandarnos mensajes para que pensemos, ya sea un libro de viajes, de aventuras, del Oeste o de asesinatos.

Dicho esto nos aproximaremos a lo que dicen sobre este particular los especialistas e investigadores que se han tomado muy en serio el exceso de mensajes en pantalla a un ritmo a veces alocado, la traducción de los pasajes originales y el haber pasado del texto escrito o el libro (cuya lectura llevamos a nuestra manera y a nuestro ritmo, pues eso no nos lo indica nadie, y ahí somos muy claramente verdaderos seres libres). ¿Qué dicen los estudiosos que muestran preocupación por este cambio de hábitos?, pues, por ejemplo, que “el consumo masivo de pantallas nos está haciendo olvidar la lectura profunda”. Para entrar en detalles la investigadora del cerebro Maryanne Wolf ha escrito un libro (¿y qué iba a ser?), con el sugerente título de “Lector, vuelve a casa”. Sabíamos que nuestro cerebro es capaz de adaptarse a todo; pero podríamos estar perdiéndonos detalles primordiales, buenos razonamientos, procesos evocadores e imaginarios, análisis críticos, vidas aventureras o contemplativas, información amplia, empatía…

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Demetrio Mallebrera

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