Trescientas... y pico

El (primer) gran triunfo de Pablo Iglesias

Pablo Iglesias y Pedro Sánchez se abrazan (Fuente: Informativos Telecinco).

Exactamente 942 días -los que van del 14 de junio de 2017 al 12 de enero de 2020- ha tardado Pablo Iglesias en doblar el brazo a Pedro Sánchez. Son dos años, seis meses y 27 días para ser exactos los que le han llevado al líder podemita en hacerle ver al partisano Sánchez que la única salida posible era girar su cerviz a su izquierda. Ha sido, de momento, su única y gran victoria, la de Pablo Iglesias.

La partida definitiva acaba de empezar. Pese a los malos augurios y el juego sucio exhibido en la interminable sesión de investidura por parte de presuntos aliados y adversarios políticos, el reloj del primer gobierno nacional de izquierdas y de coalición tras la II República, acaba de empezar a contabilizar sus días.

En la partida que se adivina, Pedro Sánchez maneja blancas y lleva, aparentemente, la iniciativa y Pablo Iglesias tira de negras. Ambos, mirándose de reojo, hacen ver una y otra vez que lo suyo nunca fue amor a primera vista, pero que el desafecto político que se confiesan en privado y muchas veces en público -la mención de Iglesias en sede parlamentaria a la cal viva y el reiterado y confesado insomnio presidencial de Sánchez son hechos y no opiniones- era y es claramente menor que el botín por conquistar: el BOE. Mientras se suceden las primeras escaramuzas en forma de nombramientos, los espectadores  de la escena de uno y otro lado miran expectantes. Sobre todo eso, expectantes. Porque gobierno es claro que hay, pero la gran cuestión por resolver sigue pendiente: ¿Habrá también legislatura? ¿Serán capaces de convivir dos líderes acostumbrados a reinar sin sombras a su alrededor y con tendencia a lapidar cualquier oposición interna? Porque esa, esas, son las preguntas sin respuesta que, además, ni siquiera depende ya de ambos. A esa realidad se ha llegado por la insistencia de uno y pese a la desgana del otro.

La conformación del primer gobierno de coalición de la democracia ha sido posible en gran medida por la insistencia casi extenuante del líder podemita Pablo Iglesias, algo que seguramente no se ha valorado de forma suficiente. Su estrategia de desgaste, copiando el modo de hacer sanchista -gana quien resiste- ha logrado sus primeros grandes frutos, tardíos si se quiere, pero frutos al fin.

Primero, recordémoslo, fue el propio Iglesias quien el 14 de junio de 2017 encabezaba la imposible moción de censura a Rajoy, desdeñada por el expresidente y despreciada por infantil y pretenciosa por el PSOE de Sánchez. Ahí, curiosamente, empezó todo. Después -1 de junio de 2018- fue el propio Iglesias el que apoyó y ayudó a que el segundo intento de derribar a Rajoy acabara siendo la primera moción de censura que triunfase en democracia tras cuatro intentos.

Ha sido un plan -el de Iglesias- que se ha demostrado ganador en la distancia larga, que no asegura el éxito en el futuro por venir, que, eso sí, sirvió para descabalgar a un incrédulo Rajoy, un plan que nunca tuvo el plácet socialista, y que solo una alineación de satélites y hechos políticos y judiciales como los derivados de la sentencia Gürtel, donde se condena al PP por corrupción, hicieron posible todo lo que vino después. Incluida esta primera gran derrota del recién elegido presidente Pedro Sánchez revestida como triunfal por ese corifeo de entusiastas sin disimulo que pululan cerca del poder.

Tener a Pablo Iglesias sentado en el Consejo de Ministros es posible que haya sido el gran fracaso no reconocido de Pedro Sánchez. Su primera derrota con consecuencias en su particular manera de ver la política. Lo que sirvió para doblegar el destino de su propio partido, no le ha servido en la confrontación con Podemos y con su líder máximo. Aquí, claramente, ha salido derrotado.

Y no solo porque va a tener que compartir gobierno con sus enemigos políticos no declarados, sino porque la suma -155- está tan coja que es como una mesa de cuatro patas en la que ambos solo controlan tres. Cualquier pequeño movimiento puede dar con su estructura en el suelo. Puede hacer que el Gobierno sea solo una batalla perdida en la guerra soterrada que ambos líderes siguen manteniendo viva. Y ello, pese al cúmulo de abrazos hacia fuera con que tan obscena y cínicamente han regado su reencuentro en la escena pública de estos días donde la memoria tan poco parece importar.    

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Pepe López

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