Opinión

El coronel sin carta y el día en que llegó Godot y ya no le esperaban

Escena de la obra (Fuente: Distribución y Giras, Madrid).

Nada tan penoso como condenarse a la espera. La espera es pasividad, impropia de personalidades de acción. En la obra Esperando a Godot el autor Samuel Beckett planteó una metáfora efectiva. Sus personajes principales, Vladimir y Estragon, acuden cada día ante un árbol para esperar a un tal Godot. Las jornadas transcurren y cada tarde aparece un muchacho para informarles de que finalmente Godot no llegará esa noche sino al día siguiente.

Atrapados en esta situación, Vladimir y Estragon viven en espera durante toda la obra, y en ella se repite en ocasiones un breve diálogo cuando uno propone irse. “Vayámonos”, dice. “No podemos”, responde el otro. “¿Por qué?”, se interesa el primero. “Esperamos a Godot”, concluye el segundo. “Es cierto”. Y no se van. En otro momento se muestran más decididos. “¿Vamos, pues?”, insiste uno, y su interlocutor contesta “Vamos”. Pero la acotación del autor, entre paréntesis, es muy reveladora: “No se mueven”. Quizá sea esta la clave de que Estragon, en otro instante, esboce una certera filosofía: “Mientras se espera, nada ocurre”.

Las obras literarias llevan unas a otras, y este recuerdo de Esperando a Godot, estrenada en 1953 en París, me lo provoca el reencuentro reciente con otro clásico del siglo XX: la versión teatral de la novela corta El coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez, adaptada por Natalio Grueso, dirigida por Carlos Saura y protagonizada por Imanol Arias y Cristina de Inza.

El coronel retirado es, como sabemos, otro exponente literario de la espera, con la confianza durante quince años de que recibirá una carta comunicándole la concesión de su pensión. Sobrevive en la miseria con su esposa y el cuidado de un gallo de pelea mientras desespera cada vez que acude a Correos y se encuentra con que no hay carta para él. Más allá de la espera, éste es posiblemente el relato más kafkiano de García Márquez, donde el coronel colombiano es ignorado por el poder político de su patria y por la burocracia a pesar de su sincera entrega profesional, acorde con unos valores en los que cree: “Nosotros nos rompimos el cuero para salvar la república”, proclama ante el ineficaz abogado que le gestiona el trámite sin solución.

La inacción de Vladimir y Estragon es tan terrible como la del coronel. El segundo en cambio es víctima de una indiferencia, de una injusticia oficial, y ni siquiera la acción individual podría garantizarle el éxito en un ambiente político deshumanizado. Pero los personajes de Beckett sí tenían a mano el cambio de su destino. Su triunfo no hubiera consistido realmente en que acudiera Godot, salvo que asistiera a la primera cita, o tal vez a la segunda. Su verdadero triunfo, reiterado el plantón, hubiera consistido en ausentarse, en no volver al árbol de la cita. Beckett no lo quiso así porque prefería representar la espera con su pesimismo. Pero su guiño era un aviso. En la filosofía de la vida conviene identificar cada Godot. Y el final alternativo triunfante para Vladimir y Estragon podría haber sido otro: el del día en que llegó Godot y ya no le esperaban.

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José Ferrándiz Lozano

Profesor universitario de Ciencia Política y miembro de la Asociación Valenciana de Escritores y Críticos Literarios. Premio internacional de Periodismo Miguel Hernández. Director del IAC Juan Gil-Albert (2015-19).

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