Impulso irresistible

El Cid cabalga de nuevo

Rodrigo Díaz de Vivar (Fuente: Pequeño Cid, Flickr).

Se preparó para las pasadas fiestas de Navidad (tan dadas a disponer de regalos de todo tipo, también los cultos, también con temas repetitivos, también los libros que cuentan y vuelven a contar las historias que ya se conoce la gente, pero a la que es bueno mantener despierta y actualizada con nuevos matices, con nueva sensibilidad o psicología, con nuevas o renovadas formas de mezclar los hechos para resaltar aún más el carácter de los personajes que aquí salen). Siempre es bueno, muy bueno, regalar libros, y más si son de historia, y todavía más si son de historia de esta España cuyos horizontes o perfiles están ahora emborronados y no sabemos cuándo empiezan o acaban, o si son de propiedad de toda la familia española, o acaso se trata de retazos de un mismo terruño que se dejó florecer mucho más que su vecino. Por eso, cada pueblo tiene un nombre que lo define, pero a veces se observa que no está tan cuidado por las autoridades como todos esperaban cuando votaron al alcalde, que ahora se extraña de tener unas responsabilidades añadidas no previstas: los comportamientos, exigencias y deseos de los convecinos.

Así que se preparó –decíamos- una nueva edición de la vida de Ruy Díaz de Vivar, un guerrero fiel y valiente dotado de una inteligencia clara y gran pundonor, que supo convivir con propios y ajenos, con jefes y con colegas del mismo rango, que más bien sabía a qué había venido a esta patria a jugársela, pero con una personalidad que desde el supuesto primer día, allá por las burgalesas tierras frías de Vivar, que parecían no ser de ningún amo, conde o rey, le forzaron a cabalgar con un pequeño grupo de fieles guerreros que supieron muy bien con quién se la jugaban. Es cierto que su personalidad le lanzó al estrellato de los héroes a través de forjarse su propia leyenda, que fue escrita en puro verso a verso y difundida por José Zorrilla –el mismo poeta que retrató a don Juan Tenorio-. Esta última edición, aunque vendrán otras del Cid Campeador, apunta alto, pues la escribió Arturo Pérez-Reverte, quien también ha recibido halagos de la crítica cuando ve en él a un analista del carácter del Cid, un psicólogo que describe su temple y fortaleza, y de esta forma puede decirnos que fue un hombre de conciencia, práctico, responsable, coherente y orgulloso, con gran celo en sacar adelante un espíritu desafiante, valiente y rudo. Otro acierto clarificador está en llevar el subtítulo de “Un relato de frontera”, para que el lector se detenga donde quiera.

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Demetrio Mallebrera

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