Trescientas... y pico

Demasiado viejos para vivir

Fotografía: Freepik.

La Alemania nazi fue la primera en utilizarlas en la II Guerra Mundial, pero su uso en conflictos bélicos se generalizó durante décadas. La pandemia del covid-19 amenaza con ser una variante ideológica de aquellas bombas de racimo, de aquel virus bélico, cuya principal característica era su capacidad de destrucción una vez finalizado el conflicto bélico. Las víctimas con retardo de esta pandemia parecen tener nombre y edad: los más viejos. Eso apuntan ya algunos.

En las últimas semanas y conforme la pandemia se extiende por todo el mundo, sin respetar culturas, economías, gobernantes bocazas, un peligroso debate está aflorando en los medios de comunicación de medio mundo y que tiene que ver con las respuestas a dos preguntas centrales: ¿qué hacer? y ¿a quién salvar? Si en la respuesta a la primera hay las lógicas discrepancias en los modos y en los tiempos, en la respuesta a la segunda el debate se está envenenando y ya se plantea abiertamente quiénes deberían morir y quiénes deberían ser sacrificados en la pira del sistema. La vida al servicio de la economía y nunca al revés. Pocas veces se había llegado a tanto en tan corto espacio de tiempo. ¿Fascismo en ciernes? ¿Darwinismo de multinacional?

En los últimos días, solo en la última semana para ser más exactos, este mensaje dejemos morir a los viejos para salvar el sistema– cruza a velocidad de vértigo los noticieros. “Los abuelos deberían sacrificarse y dejarse morir para salvar la economía”, afirmaba el 24 de marzo en una entrevista en Fox News el vicegobernador de Texas, Dan Patrick. Y añadía: “Hay que jugarse la vida para mantener a EE. UU. como es”. ¿Un loco? Puede, pero no parece estar solo.

En esta línea, una crónica de Carmen Valero en el diario El Mundo del 27 de marzo era enmarcada con este grave titular: “El dilema de Alemania: salvar el estado de bienestar o a su tercera edad”, dando presuntamente como hecho cierto que ambos lados –estado de bienestar y tercera edad– no forman parte de la misma moneda. Es como si se quisiera plantear inocentemente la hipótesis de que pudiera existir un estado de bienestar fuerte y digno de tal nombre que dejase en la estacada a su parte más débil: su población más adulta. La crónica recordaba que esta generación, a la que supuestamente “habría que sacrificar” para “salvar el estado de bienestar”, es la que protagonizó las negras páginas del nazismo. Y por eso, escribía Valero: “Recuerdan cómo empezó todo, la selección de la raza, el confinamiento”. Y, luego, todo lo demás.

No muy alejado en el tiempo, desde el gobierno de Holanda, hoy rebautizado Países Bajos, durante la fallida cumbre de jefes de estado de la UE para intentar alcanzar un acuerdo económico que paliase las graves consecuencias económicas que a buen seguro traerá la crisis sanitaria del covid-19, sus dirigentes insinuaron que España e Italia, los dos países europeos que hasta la fecha han resultado más duramente golpeados por la pandemia según datos oficiales (¿?), se debía en parte al “buen trato cultural” que estos países daban a sus ancianos, a su población mayor, permitiéndoles que hicieran uso de las UCI de forma masiva.

El eco de tan grave acusación tuvo pronta respuesta en boca del primer ministro portugués, Antonio Costa, nada más terminar la cumbre, calificando tales palabras de “re-pug-nan-tes”, haciendo énfasis y parones en la pronunciación de sus sílabas. Señaló Costa que tales afirmaciones no solo eran un dislate y una injusticia, si no que ponían en grave peligro los valores y la existencia de la propia Unión Europea.

Fotografía: Sarci Filippo.

Por detrás de todas estas afirmaciones –y de otras muchas parecidas que podríamos encontrar estos últimos días a poco que pongamos la lupa en los medios– pareciera existir la intención no confesada de abrir un debate ideológico de consecuencias impredecibles, que pretendería dar otra vuelta de tuerca más a las bases del gran pacto social surgido de las cenizas de la II Guerra Mundial y que, además, pudiese contar con el apoyo mayoritario de las opiniones públicas. Nada nuevo, lo hicieron otros antes. Lo hizo Mussolini y el fascismo, Hitler y el nazismo, lo hizo Franco cuando decidió que la “paz verdadera” solo sería posible arrasando el territorio y aniquilando al disidente. Matar para sobrevivir. Así es la historia que nos vuelve en su lado más oscuro.

No es de menospreciar que en la misma línea esté Donald Trump con sus mensajes de “salvar la economía” a no importa el precio que haya que pagar en vidas, y que ello le esté reportando sus mayores índices de apoyo y popularidad entre la población de EE. UU., con la pandemia a las puertas y siendo ya mayor que en la propia China en cuanto a casos reportados.

Las noticias e imágenes –afortunadamente pocas éstas últimas– que estos días hemos ido viendo sobre las condiciones en las residencias de mayores de nuestro país, no solo ponen los pelos de punta, si no que avanzan que algunos escalones ya hemos subido aquí en este terreno. La salvaje privatización del sector (¿?) al amparo de los ingentes beneficios que se aventuraban –Madrid y Valencia son dos ejemplos palmarios de este proceder– son la prueba de que ese debate está, al menos, en la acción política, aunque ahora, justo ahora, aparezca como más difuso y difícil de defender en la arena política y en medio del campo de batalla de la pandemia.

Quizás, como explicación y como algunos pensadores y comentaristas apuntan en diferentes escritos estos días, esta sea la parte positiva del catolicismo de los países del sur frente al protestantismo del Norte. Una nueva guerra de religiones sin religión, donde lo que está en juego son los límites éticos, el poder decidir hasta dónde es moralmente defendible el beneficio, y el refuerzo del individualismo como casi único motor de cambio. En definitiva, pura economía de guerra, que justifique que dejar morir a los más débiles, los más viejos, racionalizar los recursos, es un mal necesario para un bien superior. ¿Les suena? Lo decía Carmen Valero: “Recuerdan cómo empezó todo, la selección de la raza, el confinamiento”. Bien pensado, confinada está media humanidad y algunos piensan ya que no sería tan difícil abrir una puerta a la selección con el miedo de la población como principal dique de contención de protestas y revueltas.

Solo el recuerdo de lo que sucedió, de la barbarie, podría ayudar a encontrar una salida a este infernal laberinto, a esta otra pandemia, a este fascismo laico s. XXI que traen los gélidos vientos del Norte y que pretende legislar “democráticamente” quién tiene derecho a la vida y quién debe ir a la pira del material prescindible. De que alguien –no un médico– pueda decidir por ti si ya eres demasiado viejo para vivir. De eso, parece, se trata. Bombas de racimo contra el derecho a la vida y a los cuidados.

Fotografía: Sabine van Erp.
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Pepe López

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