Trescientas... y pico

Demasiado pasado o caminando hacia atrás

Fotografía: Pepe López

Hay una conocida frase que viene a decir que el pueblo que olvida su pasado está condenado a repetirlo. Y puede ser cierta. Es más, seguramente lo es. Lo que puede que no sea tan claro de saber es qué pasa con el pueblo que no hace más que girar la vista atrás. En España, en Cataluña, en Madrid… hace ya demasiado tiempo que todo parece ayer. Todo suena a una sinfonía con notas de un cansino déjà vu.

Bien está, y es saludable, mirar al pasado. Nunca, olvidarlo. El problema puede empezar a surgir si para explicar el presente y, sobre todo, proyectar el futuro, ese ayer y ese anteayer te mantiene paralizado. Preso y encerrado en una lógica caduca de buenos y de malos. De filias y fobias. De esencialismos identitarios de uno u otro signo. Ni unos son absolutamente en un sentido, ni los otros puede que lo sean en el otro. Hay trajes que quedan muy bien en los museos de la memoria, en desfiles históricos, pero que no sirven para explicar y afrontar el futuro. Al menos, no solo.

El otro día le oía comentar a un amigo, excomunista por más señas, en tono medio jocoso, esta reflexión: ¿Qué pasaría si Carlos Marx levantara hoy la cabeza y viera el papel marginal en el que están quedando los bancos? Si algunos siguen viendo ahí, en los bancos, es un decir, el principal escollo que bloquea el avance de la justicia social y los derechos humanos, seguramente se van a perder en un laberinto que les va a dificultar descubrir cuáles son hoy las nuevas amenazas. Se perderán descubrir quiénes son hoy los que ejercen de “nuevos bancos” que denunciaba el propio Marx.

Es, con los matices que se quiera, con las puntualizaciones que cada uno pueda darse a modo de autojustificación, la idea que algunos ciudadanos pueden tener hoy cuando abren un periódico, cuando se adentran en un informativo, cuando ven o escuchan uno de esos interminables magazines televisivos que parecen no tener fin en la repetición de los mismos argumentarios. Que todos hablan del pasado y del empantane. Del bloqueo. De los agravios y los desagravios. De las diferencias que hacen imposible el encuentro. De la identidad y de la lengua que separa.

El paisaje que vemos es que unos y otros no hacen más que desenterrar muertos en el más amplio sentido, para tirárselos a la cara, para impedir que se formen gobiernos que atiendan los problemas de los ciudadanos. ¿Y el futuro dónde queda? ¿Quién se ocupa de la precariedad en las condiciones de trabajo, de la justicia social, de las pensiones, de la educación, de los retos de la salvaje globalización, de la igualdad efectiva, de la felicidad de la gente…?

¿Y el futuro dónde queda? ¿Quién se ocupa de la precariedad en las condiciones de trabajo, de la justicia social, de las pensiones, de la educación, de los retos de la salvaje globalización, de la igualdad efectiva, de la felicidad de la gente…?

Pepe López

En el reverso de esa realidad parece evidente que la desafección con el magma de la política crece y crece. Ahí está para enmarcarlo la última encuesta del CIS donde se señala que la situación política no solo sigue siendo la segunda mayor preocupación de la  ciudadanía española tras el paro (61%), sino que ha pasado en pocos meses de un ya preocupante 38,1% en el anterior barómetro al 45,5% de ahora. El problema no serían, al menos no solo, los partidos políticos, el problema grave sería que esa opinión y esa desafección se trasladase a la democracia como sistema de organización social y toma de decisiones.

Luego, algunos, se extrañan de que un partido xenófobo, antifeminista, negacionista y ultraliberal como VOX no pare de crecer. Tanto mirar por el retrovisor, tanto retorcer el cuello, pareciese que ya no solo es la mirada. Parece que también estamos condenados a caminar hacia atrás. A hacer imposible el abrazo que abra paso al futuro.

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Pepe López

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