Al paso

De Yuri Gagarin a Eslava Galán

Yuri Gagarin. Fotografía: Arto Jousi. Restaurada por Adam Cuerden (Fuente: Wikimedia) / Juan Eslava Galán. Fotografía: Conchiaire (Fuente: Wikimedia).

Ataques injustificados al Cristianismo y a la Iglesia de algunos intelectuales y otros que lo son menos

De vivir todavía, Yuri Gagarin, el más famoso de los cosmonautas rusos, habría cumplido 85 años. Fue el primer hombre en volar por el espacio exterior a bordo del Vostok-1. Era el 12 de febrero de 1961. La URSS le marcaba un gol por la escuadra a Estados Unidos, si bien es cierto que, en el segundo tiempo, los de la NASA se adelantaron en el marcador espacial con la llegada de Armstrong, Aldrin y Collins a la Luna el 21 de julio de 1969. La fama de los cuatro astronautas durará eternamente. Pero la vida de Gagarin se truncó en 1968 cuando el laureado coronel del ejército del aire soviético solo tenía 34 años. El reactor Mig-15 que pilotaba se estrelló cerca de su pueblo natal. Los héroes tampoco se libran de una muerte absurda.

Los que tenemos aproximadamente la edad de Gagarin y compartimos las mismas creencias religiosas del astronauta recordamos una de las falsedades más reprobables que se extendió universalmente a raíz de la hazaña espacial. Los soviéticos, tras volver a casa el héroe, difundieron una expresión, supuestamente pronunciada por él: “No he visto ningún Dios aquí arriba”. Un piloto y gran amigo de Yuri, el coronel Valentín Petrov, varios años después de la muerte del cosmonauta, desmontaría el tinglado ateísta contra Gagarin y atribuyó a Jruschev la autoría del desatino. El mandatario ruso fue quien en una sesión del Comité Central del Partido Comunista dijo que Gagarin voló al espacio “pero no vio a ningún dios allí”. La propaganda atea del Kremlin difundió carteles con la imagen del astronauta y la negación de Dios.

Gagarin nació en una familia cristiana ortodoxa practicante, fue bautizado y mantuvo su fe religiosa toda su vida. Lo atestiguó Petrov públicamente en una conferencia en 2012, en la que contó cómo en 1964, tres años tras el viaje espacial, los dos fueron a visitar el monasterio de San Sergio, centro espiritual de la Iglesia Ortodoxa a 70 kilómetros de Moscú. Ambos bromearon con el secretismo de sus creencias cristianas en un país oficialmente ateo.

La necedad de Jruschev y del aparato comunista con su ateísmo visceral y criminal, nada inteligente, contrasta con las otras formas de acoso y derribo de la religión cristiana a cargo de intelectuales consagrados y otros que lo son menos pero que buscan el éxito de público con libros y artículos en los que intentan poner en solfa las creencias cristianas y casi todo el bagaje cultural en torno al Cristianismo y los cristianos.

Desde ahora mismo, como desde siempre, mi respeto a la libertad de expresión de los escritores que se proclaman ateos, gnósticos o agnósticos. Pero en defensa de esa libertad de expresión hay que exigir un mínimo de respeto a las creencias de los demás. Es lo menos que se puede pedir en aras de la elegancia intelectual y moral. Algo que no respetaron algunos de los líderes de la Revolución Francesa de 1789, ni los de la Revolución Comunista Rusa de 1917.

El poder, sobre todo el absoluto, corrompe. El poder temporal corrompió a la Iglesia y es justo (y hasta obligado) criticarlo. La alianza con los poderosos escribió páginas muy negras de la Iglesia, de la estructura jerárquica de una institución básica del Cristianismo, pero que no agota el Cristianismo. El Cristianismo, como bien dijo Gandhi, “es una hermosa religión; lo malo son los cristianos”; muchos cristianos, incluidos varios Papas.

No entenderé nunca los ataques injustificados al Cristianismo y a la Iglesia de algunos intelectuales y excelentes escritores (y otros que lo son menos), como Juan Eslava Galán, que no se conformó con atacar a la Iglesia con su obra El catolicismo explicado a las ovejas, sino que alumbró otro, menos pretencioso pero igualmente corrosivo, titulado La madre del cordero. Ha tenido muchos elogios de gentes descreídas, pero también severas críticas por su frivolidad y escasa entidad argumental, adobadas con dosis de un humor facilón. 

Gente que no ha leído la Biblia, que no se ha dignado profundizar en la figura de Jesús y sus discípulos leyendo los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles y las cartas de éstos a los primeros cristianos se permiten descalificaciones carentes, insisto, de autoridad intelectual y moral. No es que disfruten destacando los errores del catolicismo, sino que callan o tergiversan las enormes aportaciones del Cristianismo a la civilización occidental.

De la conquista del espacio por los astronautas y del Cristianismo me ha parecido oportuno hablar en estos momentos en que se hace publicidad de otra conquista del espacio, la de turistas adinerados que ya se apuntan a ver la tierra desde órbitas espaciales. Con la seguridad, se supone, de alejarse de la pandemia del coronavirus, aunque sea solo por unos días. Al espacio, como a la covid-19, hay que tenerle respeto, pero no miedo. Y es que más acá del espacio y del coronavirus, podemos descubrir a Dios, como hizo Gagarin. En nuestro interior. En el interior de cada uno habita la verdad. Y nadie puede arrancarle a nadie ese tesoro que algunos solo descubrirán con la muerte. Merece la pena animar a los escépticos a buscar ese tesoro y a encontrarlo cuanto antes. La verdad nos hará libres.

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Ramón Gómez Carrión

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