Impulso irresistible

De pronto, una tormenta

Fotografía: Anand Kumar (Pixabay).

En determinados momentos y situaciones de la vida tenemos a veces la sensación de sentirnos perdidos si es que ya no vemos bien a nuestro alrededor y no encontramos las referencias que nos indicaban por dónde íbamos habitualmente. Estas son las cosas que no se presentaban antes, cuando éramos más jóvenes, cuando teníamos nuestras facultades físicas más despiertas. Sí, en efecto, hemos dado con una palabra que nos lo aclara bastante bien: Que no podemos vernos por razones de visión o de estar nublado todo nuestro entorno; no vernos, porque fallan los ojos, evidentemente; pero especialmente porque las nubes se han apoderado de todo el cielo y de todo nuestro ámbito visual.  Observamos que algunos llaman a este fenómeno en tiempos contemporáneos a los “días aciagos”, también llamados días infaustos, incluso desgraciados, aunque no se llegue a eso. Y tanto ha sido así que al fenómeno le han llamado “Gloria”… No es que sean horas malas per se sino que se les llama de tal modo cuando van anunciando situaciones que nos pueden producir sufrimientos o aflicciones.

En eso estábamos cuando de pronto viene un terrible temporal que con sus lluvias torrenciales y sus vientos arrasadores que impactan en nosotros (no sólo si estamos al raso, también experimentando desde zonas protegidas lo que parecería estar a cubierto, como sería el caso de lo que escondemos, incluso profundamente, que sería el tema de los sentimientos y estados afectivos). Este es el aturdimiento de quien se encuentra en plena tormenta, sacudido por ráfagas de viento y de violentas rachas de lluvia. Así se pierde toda sensación de seguridad, y parece que unos torbellinos nos envuelven con sus cortinas que hacen el papel de hacer ver al otro lado algo inexistente según la densidad y velocidad de esponjosa caída. No vemos nada. Si la cosa se pone “chunga” y duradera, nos puede dar un colapso hasta hacernos perder el equilibrio. Y el miedo, seriamente, que no solíamos experimentar, se apodera de nosotros y nos deja a punto de caer, como levitando vamos en verdad entrando en un agujero, y, aunque sea algo lento, el mareo se apodera de nosotros hasta angustiarnos del todo viendo que no hacemos pie. Pero, como nos ha ocurrido otras veces, siempre viene a salvarnos la persona que más nos quiere. Nos da su fuerza y lo convierte todo en bonanza, y en seguridad estos momentos vacilantes que hemos pasado.

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Demetrio Mallebrera

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