Opinión

Cuento de Navidad del labrador

(Fuente: Pixabay).

Atardece. Ha sido un espléndido día 24 de diciembre de no importa qué año. Manuel, con su azada al hombro y tirando del ronzal de su mula, ayudante imprescindible en su trabajo, regresa a su casa caminando despacio, con un “caliqueño” entre los dientes de los que fuma, a diario, tras una jornada de trabajo en su campo, y disfrutando del paisaje que le es tan familiar y a la vez tan distinto según las horas del día en que lo contemple. 

Manuel llega a su casa y después de encerrar a la mula en su establo y entrar en su humilde vivienda, su nieto, que ha venido junto con su hija y su yerno a pasar las navidades con él y con la abuela, se le echa en sus brazos y besándole en su cara recorrida por profundas arrugas causadas por su duro trabajo, siempre a la intemperie, le dice:

-Hola abuelo. Estaba esperándote con impaciencia, para que me cuentes uno de tus cuentos que tanto me gustan.

Espera un poco que me lave las manos y mi cara y te lo contaré.

Cuando Manuel acaba de asearse, se sienta en su mecedora y cogiendo por la cintura a su nieto, lo sienta en sus rodillas, y comienza la narración.

Érase que se era, un labriego que, tras acabar su jornada de trabajo, se dirigía a su casa satisfecho y orgulloso de la labor realizada. Había arado su campo, lo había sembrado y había puesto un espantapájaros para que las aves no se comieran las semillas que habían caído en los rectos surcos.

A lo lejos del camino, se le acerca, un jinete. Cuando llega a su altura, se detiene y le pregunta:

-A las buenas nos dé Dios. ¿De dónde vienes?

Imagen: Q. Nguyen (Pixabay).

-A las buenas. Vengo como todos los días de trabajar en mi campo para ganar el pan para la familia.

-Será un trabajo muy duro, ¿verdad?

-Pues sí, señor. Hay que levantarse muy temprano y trabajar de Sol a Sol y no importa si hace frío, calor, si llueve o nieva. El campo requiere de esos sacrificios para poder mantener a los míos.

-Y ahora que has terminado tu jornada, supongo que irás a la taberna del pueblo para tomar unos vasos de buen tinto y charlar con tus vecinos.

-No, señor. El poco dinero de que dispongo es para los gastos familiares y no puedo emplear ni un céntimo en esos dispendios.

El caballero, con la altanería que caracteriza a los poderosos cuando creen estar haciendo una buena obra le dice, alargando su mano después de rebuscarse en su bolsillo:

-Bueno, dado que hoy es Nochebuena, ahí van unas monedas para que alivien un poco tu situación.

El labriego, quitándose de su cabeza su agujereado sombrero de paja de las muchas inclemencias que ha soportado, le contesta con esa forma tan coloquial que utilizan los hombres sencillos y sin malicia:

-Moltes grácies, mestre

El caballero, indignado y encolerizado, le reprende:

-¿Cómo me llamas maestro? ¿No sabes que soy el señor y propietario de todos estos campos, incluyendo el tuyo que es arrendado, y también es mío? ¿Cómo eres tan desagradecido después de haberte dado esas monedas? Los maestros, están en las escuelas, y yo soy un señor. Tu señor, dueño de todas estas tierras hasta donde alcanza tu vista.   

El campesino, con voz pausada y con esa tranquilidad que da un alma limpia y pura, le contesta:

-Verá, señor, en una noche como la de hoy, hace muchísimos años, nació un hombre al que reconozco como mi único Señor y a Él no le importó que sus discípulos le llamaran Maestro. Y aún hoy, después de tanto tiempo, no se enojaría si yo le llamara Maestro porque Él, sí que practicaba la caridad, sin altanería, sobre todo con los pobres y desvalidos. Así que ahí van las monedas, que aunque pobre, tengo dignidad y orgullo.

 Y añade con una buena dosis de socarronería:

-Que tinga una feliç Nit de Nadal y a les bones “mestre”

El caballero, desprevenido por la respuesta del labrador y sin saber que replicarle, espoleó al caballo y se alejó al galope, confundido y sorprendido.

-Y el labriego, mi querido “rey”, siguió el camino hacia su casa, fumando su “caliqueño”. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Poniendo a su nieto en el suelo, el abuelo, le pregunta:

-¿Te ha gustado el cuento?

-Sí, abuelo. Me ha gustado mucho. Pero ¿sabes una cosa?

-No. Pero tú me la vas a decir, ¿verdad?

-Sí. Que ese labriego, se parece mucho a ti. Ja, ja, ja…

-Bueno, mi “rey”, es que los labradores nos parecemos todos un poco. Anda, ve y ayuda a la abuela a traer leña para la chimenea.

El abuelo Manuel, enciende uno de sus “caliqueños” con una de las brasas del fuego de la chimenea, y oye el trote de un caballo que pasa por el sendero que transcurre por delante de la puerta de su casa. Dirige su mirada hacia la ventana contigua a la puerta, y a través del cristal por el que resbalan las gotas de agua del relente en el exterior, provocadas por el calor de la chimenea encendida en el interior de la vivienda, adivina la figura de un caballero. Ambos, se miran fijamente. Manuel, se dirige a la ventana y la abre, y con amabilidad y voz pesarosa le dice:

-Qué tenga una feliz Nochebuena, señor, y perdóneme si le he ofendido.

 El caballero, con una sonrisa, le responde:

-Quién tiene que pedirle perdón, soy yo, y le deseo una feliz Navidad a usted y a toda su familia. Quede usted con Dios.

-Que vaya con usted.

Y en el interior de la casa, se oye la voz de un niño que canta: “Pero mira cómo beben los peces en el río…”

Dios mío, perdónanos nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden y, en la tierra, paz y bien a los hombres y mujeres de buena voluntad en estas fechas en que conmemoramos tu venida.

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Joaquín Ñeco

Alférez de navío.

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