Opinión

Con la palabra apagada

Plantilla de La Verdad en 1991.
Plantilla de La Verdad en 1991.

Con la palabra apagada y el corazón maniatado por la tristeza, aún me queda el impulso de escribir con rabia para evocar a mis compañeros de LA VERDAD de Alicante, muertos o vivos, que ayer sufrieron el mazazo de la traición, del olvido y del agravio de verse privados de la razón de sus vidas, de la trinchera de sus luchas en ese oficio, cruel y hermoso, del periodismo, de sus sueños de creer, todos los días, en la defensa de la libertad. Después de medio siglo de servir a la sociedad alicantina, LA VERDAD DE ALICANTE fue liquidada por empresarios sin corazón de periodistas, codiciosos y solo preocupados por mantener sus cuentas de resultados.

Se cierra así la historia más gloriosa del periodismo en Alicante. Y digo bien, gloriosa, porque LA VERDAD ha sido el único medio informativo de nuestra tierra nacido del coraje de los periodistas y mantenido por la osadía y el romanticismo de los periodistas. He sido siempre, y lo seré, aun muerto, un periodista de LA VERDAD, y eso me da el derecho a proclamar lo que digo. Desde que se instaló en un piso frente a la estatua de Maisonnave, LA VERDAD, sus periodistas, con el respaldo de una empresa digna del periodismo, la Editorial Católica, se constituyeron en grupo de resistencia y de lucha: contra los medios locales, que los observaban como intrusos; contra la propia Asociación de la Prensa, que los mantuvo durante años a raya, por advenedizos; contra los prejuicios de las autoridades franquistas, para quienes eran sombras sospechosas que se alargaban desde el sur a saber con qué motivos. Solo el valor y la constancia, y, sobretodo, la excelente labor profesional de estos audaces, pudieron superar la incomprensión y, a veces, el rechazo.

Ayer se quebró el sueño de periodstasEn los años previos a la Transición política, ningún medio defendió en la provincia con tanta determinación y generosidad la llegada de la libertad. Emocionado, me tiembla el pulso cuando cito a mis queridos compañeros Rafael González, Ramón Gómez Carrión, Antonio González Conejero, José María Perea, Asunción Valdés, Manolo García Carmona, Tirso Marín, Pascual Verdú Belda, José Marín Guerrero, José Luis Masiá, José Carreres, Ángel García, Enrique Entrena, Avelino Rubio, Gaspar Maciá, Blas de Peñas… Periodistas irrepetibles. Ellos hicieron en aquella década prodigiosa el periodismo que exigía una sociedad en cambio. Los partidos políticos y las organizaciones sindicales puedan dar fe de ello. Sin el trabajo de algunos compañeros de los citados es impensable haber cristalizado el gran proyecto de la Universidad.

A finales de los setenta, LA VERDAD era una de las más prestigiosas escuelas de periodismo, prácticas, en España, con dos delegaciones comarcales, en Elche y Elda, pioneras en su tiempo, que fortalecieron la capacidad de influencia y de prestigio profesional del medio. Después llegaron otros que mantuvieron el legado de ese magisterio: Joaquín García Cruz, Luz Ballesteros, Javier Mondéjar, Pepe Soto, Donaciano García, Pepe López…Ayer no solo se liquidó un periódico que forma parte de la historia de Alicante. Se quebró el sueño de muchos hombres y mujeres, periodistas únicos, que dejaron jirones de su vida por un periodismo bien hecho, por una provincia a la que se entregaron con admirable generosidad y entrega. El sueño de sus parejas, de sus hijos, de sus nietos, que creyeron en los de sus padres y abuelos. Ayer, ese espíritu fue traicionado. Ojalá su ejemplo admirable, y el de tantos otros compañeros que llegaron después, muertos y vivos, no quede en el olvido y sirvan de estímulo a quienes siguen luchando en otras trincheras.

*Manuel Mira, periodista y escritor, entró a formar parte de LA VERDAD, primero en Murcia y luego en Alicante, en 1965. Fue redactor, jefe de sección, jefe de departamento, redactor jefe y director de edición en Alicante.

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Manuel Mira Candel

Periodista en medios nacionales e internacionales; presidente de la Asociación de la Prensa de Alicante; Premio Azorín de Novela en 2004 y autor, desde entonces, de más de doce libros, entre ellos las novelas “El Secreto de Orcelis”, “Ella era Islandia”, “Madre Tierra”, “El Apeadero”, “El Olivo que no ardió en Salónica”, “Esperando a Sarah Miles en la playa de Inch” y “Las zapatillas vietnamitas”, de próxima aparición.

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