Trescientas... y pico

Cifuentes en el circo de la gran mentira

Cristina Cifuentes durante el juicio del Caso Máster (Fuente: RTVE).

Mentir todo el tiempo no es tarea fácil. Requiere práctica y gran esfuerzo. Y es que existe todo un arte de la simulación que goza de gran aprecio y predicamento entre nosotros los humanos. Ahí está Rajoy y sus reiteradas falsedades y enredos sobre la Gürtel, ahora que todo aquel pasado vuelve y nos deja sin ese icono de Génova 13. Y ahí estaba ella, hasta hace no tanto la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, interpretando el personaje de ficción que ha acabado por engullir a la persona que había detrás.

Y es que, aunque nos cueste reconocerlo, vivimos rodeados de mentiras. Es más, se diría que sentimos una insana atracción por muchos de quienes nos mienten, especialmente por aquellos que nos trolean todo el tiempo y a todas horas, por todos esos que lo hacen con tanto aplomo y con sonrisa de anuncio de clínica dental entre los labios. Poco importa que sepamos casi con total certeza que nos engañan, que nos enredan, porque, reconozcámoslo, ¡lo hacen tan bien!, son tan encantadores, parecen tan beautiful people, tan distinguidos ellos, tan distinguidas ellas, que solo cabe quererles y admirarles sin límites.

Para explicarlo sucede también que culturalmente, a veces, el engaño es necesario –los hijos adolescentes con los padres, ya saben–, puede ser comprensible si evita un mal mayor; incluso la burda patraña la calificamos alegremente de piadosa si evita el dolor de ir con toda la verdad por delante. Pero esto, lo de Rajoy, lo de Cifuentes y tantos como ellos, es diferente. Esto tiene glamour. Es mentira, sí, pero también es arte.

Y es, justo ahí, en este juego de espejos donde la ficción y la realidad se confunden, en donde parece se había instalado el discurso de Cristina Cifuentes, y de todas las cristinas que aun están por salir del armario donde habitan las sombras de las certezas. Y quizás por eso mismo, es de suponer que para la gran mayoría de la ciudadanía su absolución y la pareja condena carcelaria de su exasesora Teresa Feito y de la profesora de la Universidad Rey Juan Carlos I Cecilia Rosado, que reconoció en el juicio haber falsificado el acta de su máster, sean en sí mismos hechos contradictorios, errores judiciales a reparar.

Y puede que no. Que lo justo haya sido esto. Su no condena. Su eterna levitación en el purgatorio de los mentirosos compulsivos. Para bien explicarlo recuerden aquel precepto que recoge que una persona encausada es la única que en un juicio tiene derecho a no decir verdad, a mentir incluso si lo considera oportuno, cosa que como bien sabemos no sucede en el caso de los testigos, obligados como están a no mentir si no quieren salir de allí acusados de perjurio. Y ella, Cifuentes, eso hizo. No declarar contra sí misma. No decir verdad alguna. Ayudar a acrecentar la leyenda.

Pero lo de Rajoy, lo de Cifuentes, no es nuevo. Gracias a Noam Chomsky (y a otros) en su libro ¿Quién domina el mundo? empezamos a saber que el expresidente de EE. UU. John Fitzgerald Kennedy tiene todas las papeletas para haber sido un mentiroso compulsivo y para que toda su carrera política fuese también un relato de falsedades encadenadas. Todo eso lo vamos conociendo ahora, de modo que su personaje y el mito –el que ha pasado a la historia con letras de molde– no fueron, no serían, más que la cara fraudulenta de un personaje que poco o nada tendría que ver con la leyenda.

Ya sé, ya sé, que Cristina Cifuentes no es nada comparable a JFK, ¡faltaría!, pero el molde puede que no sea tan diferente. Cifuentes sería entonces y ahora solo la metáfora de esos personajes históricos que durante un tiempo nos encandilan, y a los que solo el paso del tiempo acaba descubriendo la herrumbre que había detrás, tal y como sucede ahora con el belicismo emergente del expresidente norteamericano. Lo suyo, lo de Cifuentes, toda su trayectoria política, no sería así más que un gran engaño montado en torno al gran arte de la mentira.

Todo este chusco asunto lo resumió el escritor Juan José Millas de forma magistral en un solo tuit de apenas veinte palabras: A Cristina Cifuentes le tendieron una trampa para hacerle creer que había hecho un máster y ella se lo creyó. Pero no solo. Antes de ello, los muchos que pululaban a su alrededor ya le habían ayudado a amamantar al monstruo. Le habían hecho creer que ella era todas aquellas páginas y más paginas de loas y más loas que afirmaban que dentro del PP tenía todo el futuro por delante –el que ella quisiera– cuando en realidad todo aquello, ahora lo hemos sabido, estaba hecho de la misma materia falsaria del máster que le regalaron, del fantasmal TFM (Trabajo Fin de Máster) que nunca apareció en el juicio oral.

Era aquel –ahora nos viene a la memoria­– el tiempo cuando corifeos y aduladores de toda laya hacían cola en la puerta del supermercado de la comunicación para ensalzar el vertiginoso futuro que se abría ante sus pies. Eran aquellas voces las que, mayormente, ensalzaban su faceta de mujer en la era en la que las mujeres estaban llamadas a ocupar las más altas magistraturas del Estado, las que remarcaban su carácter independiente, las que ponían el acento naif en que se desplazaba por Madrid en una motocicleta de gran cilindrada, y, sobre todo –eso era lo principal– que no le temblaba el pulso para combatir la corrupción en su propio partido o, si se daba el caso, que se daba, embestir a la Policía contra los manifestantes del 15M cuando la ocasión lo requería.

Pero resulta que no. Que, como Kennedy, como Rajoy, como tantos otros, de pronto hemos descubierto que todo aquello era pura filfa. Un señuelo. Pura patraña. Una falacia más para alimento de incautos. Una mentira necesaria en un mundo ávido de cuentos que dulcifiquen la dura realidad en la que nos movemos y en la que la búsqueda de la verdad suele palidecer con demasiada fragilidad tras el oropel de los focos del poder.

Sucedió entonces, sí, eso parece claro, pero preocupémonos de que no esté pasando también en el ahora. Porque podría suceder que, sin darnos cuenta, en este circo de grandes luces que iluminan la pista de la gran mentira en la que algunos se empeñan en travestir la buena y necesaria política, nos acabe cegando los ojos. Y nos nuble la búsqueda de las certezas que tanto necesitamos para caminar seguros.

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Pepe López

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