Trescientas... y pico

Carta abierta a un resistente del covid-19

Querid@ resistente del covid-19: Lo primero hacerte partícipe del público reconocimiento a quienes están en primera línea de combate contra el maldito virus jugándose la vida y decirte que, como no podría ser de otra forma, me uno voluntariamente a la causa del #YoMeQuedoEnCasa. Vaya eso por delante, pero todo seguido decirte también que me permitirás unas palabras para tratar de explicarte mi desasosiego y anunciarte al tiempo que mi resistencia no pretende ni quiere ser pasiva y de verlas venir. ¿Qué por qué digo esto? Muy sencillo: porque desde ya quiero compartir contigo que voy a tratar de estar alerta y, sobre todo, me permitas relatarte algunas certezas e incertezas que me embargan estos días sobre la cuestión que tanto nos ocupa y preocupa por si pudieran ser compartidas.

En primer lugar decirte que espero que todo esto, esta calma chicha, este silencio forzado, este no saber cómo es posible que esté pasando esto, esta incredulidad sin respuestas, esta guerra vírica s. XXI que se nos anuncia con palabras más suaves, pero guerra al fin y que algunos, como el mismísimo Bill Gates, vaticinaran hace unos años, esta solidaridad de aplausos desde los balcones y canciones desde Italia que nos hacen sentirnos un poco menos solos y mejores, no sea la antesala de algo lleno de negrura y dolor como otras veces. Al menos no más del necesario, vaya eso también por delante.

Y sí, lo reconozco, desde que escuché decir al presidente Pedro Sánchez el sábado por la noche que esto “tendrá consecuencias” no puedo dejar de pensar en cuáles serán esas consecuencias. Y ahí no dejo de barruntar si no se podría estar preparando un segundo golpe de tuerca a los rescoldos de la otra crisis que, bien recordarás, es de hace apenas diez años. Aquello acabó, bien lo sabes, bien lo sabemos, convertido en la gran estafa piramidal de la democracia, en un juego de casino a resultas del cual los ricos son hoy mucho más ricos y los pobres casi todos– mucho más pobres. Fue una operación quirúrgica donde la democracia legalizó el latrocinio, el robo, la estulticia, y donde salió a flote lo peor de nosotros mismos y cuyas consecuencias se pueden ver hoy si miramos con ganas de ver hacia la calle, esa que hoy casi nos han prohibido pisar. Eso, con los datos disponibles, lo sabemos hoy, aunque entonces ya lo intuíamos.

Reunión del Consejo de Ministros extraordinario en el que se decreta el estado de alarma para hacer frente a la expansión del Covid-19 (Fuente: Pool Moncloa / JM Cuadrado).

Y, como bien sé que entiendes todo lo que quiero decirte, no puedo dejar de pensar que, nuevamente, todo aquel desastre pueda regresar a nosotros como una maldición renovada. Que el virus este que llaman de Wuhan pero que en realidad no sabemos muy bien de dónde procede, ni quiénes manejan sus hilos, que el virus maldito este que no alcanzamos a ver pero que nos recuerda a las pestes medievales, no vaya a ser más que la excusa perfecta para que los buitres de siempre anden ya planeando el cielo y afilando sus garras con vistas a convertirlo todo en carroña con la que lubricar aún más sus repletas cuentas corrientes. Tu ya me entiendes. Y no sé si ciertas sombras que se dibujan en el cielo estos días serán eso o serán otro fenómeno, pero ahí dejo la duda.

Y luego están esas colas venezolanas, si se me permite llamarlas así, a las puertas de los supermercados que vimos en TV, la gente arrasando comida en las estanterías de los supermercados, como si el fin del mundo estuviera llegando, y que no presagian nada bueno. O esos ciudadanos de Madrid saliendo despavoridos hacia la costa y hacia las segundas residencias –entre ellos, José María Aznar y Ana Botella camino de Marbella– con el riesgo cierto de extender la plaga invisible cuando se había solicitado desde la autoridad que no se hiciese, eso me reconocerás no son tampoco buenas señales. Eso creo lo entenderás y compartirás también. Que algunos supermercados hayan empezado a subir precios aprovechando el momento, no es tampoco buena señal, ni siquiera para ellos. Ya sé, ya sé, que puedo estar exagerando, que hay que confiar en que la gente va (vamos) a responder bien, eso seguro, pero con señalarlo y apuntar mis dudas y miedos creo no cometer delito alguno. Y, claro, perdona mi desahogo si te inquieta y perturba en estos días tan raros de resistencia ciega contra el covid-19.  

Me permitirás, ahora que tengo tiempo para pensar y escribirte estas cuatro letras desde la guarida de mi casa donde me hallo recluido, que no me resista a compartir contigo, querido resistente del covid-19, algunas otras incertezas. Ya sabes, pequeñas dudas que me corroen y me intranquilizan. No sé a ti, pero a mi hay cosas que empiezan a no gustarme del todo. Como por ejemplo eso de que el vicepresidente Pablo Iglesias asistiera en persona al Consejo de Ministros más transcendente desde que este país vota y vive en democracia pese a estar en cuarentena por lo de su compañera, la ministra Irene Montero. La verdad, eso no me gustó, como tampoco me convencieron las excusas “tecnológicas y médicas” que se dieron del hecho, más que nada porque lo que necesitamos la gente corriente es ejemplo, coherencia y no sé si este es el mejor de los caminos. Tanto hablar de potenciar el teletrabajo y el Consejo de Ministros con esa gran oportunidad delante y hacen lo que hacen.

Y ya puestos a decir cosas que empiezan a no gustarme del todo, no me gustó la cara del presidente. Y no sé muy bien si era de preocupación y responsabilidad por la que se avecina, que siendo así estaría bien, o porque él y los suyos andan sobrepasados por la grave situación que vivimos, lo cual ya no estaría tan bien. Ya sé que no es momento de críticas y todo eso, pues para eso se basta solo Pablo Casado (PP) que parece quiere estar continuamente poniendo velas a dios y al diablo y así no hay manera de saber a ciencia cierta lo que piensa el hombre, y que tiempo habrá de exigencias y pedir  aclaraciones de por qué no se hizo antes lo que se tenía que hacer, o que si las marchas feministas debían haberse desautorizado, etc. Como tampoco me gustó, o mejor me intranquilizó, esa sería la palabra más exacta, esa alusión del presidente a nuestros mayores y su papel de auténticos resistentes con sus pensiones en la anterior crisis del 2011, puestos ellos como ejemplo de escudos humanos y resistencia para que esto no saltase por los aires. Si lo hizo solo como homenaje, vale, pero si lo hizo como para ir abonando el terreno de la que se nos viene encima y para ir preparándoles otra vez para el combate y la batalla que aguarda, entonces me permitirás que tuerza el gesto.

Y ya puestos, no me dirás que no es para mosquear esa foto del descreído –y eso no por no utilizar un adjetivo mucho peor– presidente de EE. UU. Donald Trump. Resulta que el primer día que el hombre sale públicamente a reconocer, eso sí con retraso, la gravedad del problema del covid-19 lo hace escoltado por algunos de los principales ejecutivos de las multinacionales farmacéuticas y de la sanidad privada de su país. Eso fue un duro, muy duro, golpe. Es una foto que daña principios y creencias en el bien común y en el sistema democrático, porque da la idea, no sé tú qué opinarás, pero esa es mi impresión, que quienes acompañaban a Trump lo hacían en cálculo interesado de que su apoyo iba a suponerles a ellos y a sus empresas otro gran bocado y otro gran negocio. Y que por eso mismo, y no por otra razón, estaban allí, mirando de reojo las cuentas de resultados. Te imaginas que aquí en España, el sábado por la noche, cuando el presidente Sánchez dijo lo que dijo y salió a anunciar el confinamiento de los ciudadanos en sus propias casas, lo hubiese hecho escoltado de gente así de nuestro país. ¿Verdad que no te lo imaginas? Ya sé, ya sé, dirás que ahora toda ayuda es poca, y que por qué no pensar que su apoyo es humanitario, solo eso, pero uno ya viene de donde viene y tiende a ver lo otro, ya sabes, el negocio y todo eso. La socialización de las pérdidas y la privatización de las ganancias en la que acaban casi todas las crisis.

Presidente Donald Trump comunicando qué hacer ante el Covid-19 (Fuente: web de la Casa Blanca).

Y es que después de haber leído y releído la Doctrina del Shock de Naomi Klein uno ya no sabe qué pensar con todo esto del covid-19 de China, de Italia, de España, de media Europa. Primero creamos el desastre, luego inoculamos el pánico en la gente, y más tarde, cuando no se vea otra salida, entonces actúan ellos para ofrecer las salidas de siempre y en la misma dirección de siempre. En esa doctrina, Chile fue el ejemplo de laboratorio perfecto con el dictador Pinochet al frente del país, teorías económicas que luego los tiburones ultraliberales de la Escuela de Chicago inyectaron en vena a la vieja URSS, Sudáfrica, toda la Europa del Este, especialmente Polonia, Irak, con lo resultados que supongo sabes bien.

Y también que aquí, más cerca, recuerda que no hace tanto los “hombres de negro”, así los llamaban, de la UE fueron recorriendo toda Europa tras lo del 2008, especialmente los países sureños, Grecia, Italia, Portugal, España… para decirnos lo que había que hacer y cómo había que hacerlo. Y, no tengo que repetírtelo, ya lo sabemos, porque lo vivimos y sufrimos, lo que supuso todo aquello. Quizás, pensarás que exagero, que este silencio me está volviendo un poco obsesivo con estas cosas, pero yo de ti no echaría en balde esta posibilidad. Dicen, lo dicen y lo repiten a menudo, que después de toda gran crisis, siempre emerge una gran oportunidad. Eso está bien. Lo que sucede es que lo que no dicen, o dicen menos, es que hasta que esa oportunidad alcanza a todos o a la mayoría, el dolor, la muerte, la desesperación, la pérdida del trabajo, de la casa, de los ahorros de toda la vida…, eso siempre cae del mismo lado. Eso, ladinamente, se lo callan casi siempre.

Es a todo esto, querido resistente del covid-19, y perdona la extensión de mi escrito, a lo me refiero cuando te anuncio desde ya mi colaboración responsable para el #YoMequedoEnCasa, pero para advertirte al tiempo que la mía va a intentar ser una resistencia activa y nada pasiva, nada de verlas venir, ni de no había otra, ni aquello de bueno qué vamos a hacer. Sobre todo por intentar, al menos intentarlo, ya sabes el dicho de que por intentarlo que no quede, que el tren no nos acabe atropellando como no hace tanto nos golpeó de lleno. Y no ya por nosotros, gente que tenemos unos años, que también, si no por la gente más joven de este país que no acaba de ver la gravedad del problema y que se están tomando estos días de encierro como si de unas vacaciones extras se tratase, sin alcanzar a vislumbrar que ellos, precisamente ellos, pueden acabar siendo los verdaderos paganos de la fiesta que otros pueden estar preparando con las cenizas de nuestro miedo y de nuestra pasividad.

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Pepe López

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