Cultura

Borges entrevistado y visto por Vargas Llosa

Fragmento de la portada del libro Medio siglo con Borges.

En la biblioteca personal de Jorge Luis Borges podían hallarse volúmenes imprescindibles, pero no sus libros ni los estudios que hablaban sobre él. Éste es un detalle que no pasó inadvertido a Mario Vargas Llosa cuando lo entrevistó en su casa de Buenos Aires en 1981. La explicación del escritor argentino era razonable: “Quién soy yo para nombrarme con Schopenhauer”. Al referirse a los estudios y ensayos sobre él aclaraba que el tema no le interesaba.

La escena decía mucho de su personalidad contracorriente, con aspiración a proporcionar en cualquier momento una salida inesperada y desconcertante. En este caso aludía a sí mismo, sin más trascendencia, pero en otras ocasiones cualquier declaración perseguía otro fin. Igual le valía el humor que una nota de desdén para buscar una víctima a quien rebajar o molestar, a veces sirviéndose incluso de una alabanza en falso. Podía esbozar en pocas palabras un elogio que, de pronto, transmutaba en la demolición de un autor; y podía incomodar, de proponérselo, con un juicio político o simplemente con comentarios no exentos de trasfondo, como comparar la guerra de las Malvinas con una “disputa de dos calvos por un peine”.

Pero por encima de todo prevalecía el escritor de un estilo verbal que Vargas Llosa define inteligente, de concisión matemática, de audaces adjetivos e insólitas ideas donde no sobra ni falta nada, que le sirvió para escribir fulgurantes relatos fantásticos, ensayos elaborados con orfebrería y razonados poemas. “Rozamos a cada paso ese inquietante misterio que es la perfección”, remata.

La constancia de que el argentino y el peruano, dos nombres con la máxima jerarquía en la literatura hispanoamericana del siglo XX –y en el caso del segundo durante el siglo XXI–, compartieron momentos cara a cara provoca naturalmente interés. Y ese interés queda satisfecho para los incondicionales de ambos con el libro Medio siglo con Borges de Vargas Llosa, que acaba de publicar la editorial Alfaguara.

Hablaron por primera vez en París en 1963. Borges acudió para participar en un homenaje a Shakespeare y Vargas Llosa le entrevistó para la radio-televisión francesa. El primero era un maduro autor de sesenta y cuatro años con un buen acopio de libros de cuentos, ensayo y poesía publicados desde los años veinte; el segundo un joven de veintisiete años que se estaba dando a conocer con sus primeros relatos y había ganado ya el Premio Biblioteca Breve con La ciudad y los perros que le daría una temprana consagración.

Por edad, pues, Borges fue un escritor anterior al boom hispanoamericano que arrancaron y protagonizaron en los años sesenta el propio Vargas Llosa, García Márquez o Julio Cortázar, entre otros. Pero lo curioso es que fue, desde entonces, uno de los beneficiarios de la explosión de estos autores que ampliaron la audiencia a otros hispanoamericanos que ya estaban allí. Los títulos borgianos fueron recibidos a partir de entonces con mayor atención y difusión, al tiempo que sus asiduos profundizaron además en los anteriores.

Una visión de Borges por parte de Vargas Llosa promete lógicamente un punto de provecho al presentarnos su experiencia como lector. La suya, obviamente, no es una presentación más: es la lectura realizada también por un escritor, llena de matices. De ahí que el libro recopile no solo sus entrevistas sino artículos y una conferencia. Son diez textos de distintas épocas, el primero dado a conocer en 1964 –la entrevista parisina publicada después– y el último en 2014, que acotan esos cincuenta años a los que alude el título. Un volumen de 108 páginas en el que rezuma la admiración por su literatura.

En sus páginas sale al encuentro el Borges cáustico de siempre, su predilección en la narrativa por el relato breve con su renuncia a escribir novelas, su máxima de que “leer es una forma de vivir también” o la sugerencia de que “lo importante no son las experiencias, sino lo que uno hace con ellas”. Pero por encima de todo Vargas Llosa abunda en el carácter literario único del argentino. “La revolución de Borges es unipersonal; lo representa a él solo”, afirma, no sin añadir que hasta su prosa es una “anomalía”, desobediente con su parquedad de la predisposición natural de la lengua española hacia el exceso. De ahí que rotule cada uno de sus cuentos como “joya artística” y considere como auténticas obras maestras del género algunos que reconocemos bien: “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, “Las ruinas circulares”, “Los teólogos” o “El Aleph”.

Seguramente la lectura del libro, escrito por un Vargas Llosa que ha sido siempre un gran publicista de autores y obras a las que ha dedicado especial atención –inevitable reconocerle como un animador esencial a la lectura de Madame Bovary de Flaubert, Tirant lo Blanc de Martorell o La ruta de Don Quijote de Azorín, por citar solo una breve selección de sus predilecciones– suscitará el deseo de leer y releer a Borges en esa antigua y saludable práctica en la que unos libros llevan a otros. Así ha ocurrido con quien suscribe este artículo, que no ha podido evitar reencontrarse tras la lectura de Medio siglo con Borges con las ediciones manejadas en juventud para repetir la experiencia de volver a ciertos cuentos y poemas borgianos.     

Si Borges era fiel a sus declaraciones, el libro de Vargas Llosa no merecería acomodo en los estantes de su biblioteca, al igual que él mismo rehusó a que los suyos convivieran en vecindad con los de Schopenhauer o Shakespeare. Y sin embargo el escritor hispano-peruano no escatima adjudicarle el mayor de los parabienes: el de ser el “más grande escritor” que ha dado la lengua española después de Cervantes y Quevedo.

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José Ferrándiz Lozano

Profesor universitario de Ciencia Política y miembro de la Asociación Valenciana de Escritores y Críticos Literarios. Premio internacional de Periodismo Miguel Hernández. Director del IAC Juan Gil-Albert (2015-19).

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