Opinión

Bolardos

Fotografía: S. Topor (Pixabay).

Hace un par de semanas presencié en el barrio de La Florida cómo se produjo un pequeño atasco: una ambulancia fue a recoger a un enfermo y a falta de aparcamiento -las calles suelen estar atestadas a ambos lados- paró en el centro de la calzada. Mientras la conductora subía a por el enfermo poco a poco fueron situándose tras el vehículo otros varios, incluso uno que estaba aparcado pretendía salir, pero no podían ni siquiera recular puesto que a sus espaldas estaba la propia carretera, con gran tráfico.

Entre tanto, a no mas de quince metros las cuatro esquinas del cruce inmediato de dos calles estaban sembradas de bolardos. Una vecina me comentó que si no fuera por dichos dispositivos siempre estarían ocupados por coches o motocicletas impidiendo el paso de los peatones. Pero también concluyó que, si no existieran, la susodicha ambulancia, de forma puntual, bien podría haber aparcado parcialmente sobre la acera en la mismísima esquina y evitar el lío.

Coincidía este sucedido con noticias acerca de las prejubilaciones de policías municipales a los 59 años y las dificultades de los municipios para sustituirlos con el mismo ritmo en el que se iban a producir las bajas.

Y ello me llevó a reflexionar sobre estas dos circunstancias. Primero, la política de bolardos no se ha desarrollado con las mismas características en todos los barrios; en el mío, por ejemplo, hay esquinas con y otra sin ellos. Y más: el que no existan no autoriza expresamente a aparcar sobre la acera, pero permite hacerlo en caso de una justificada urgencia. Otrosí: una educación ciudadana adecuada, en la que la intervención de los agentes de movilidad municipales tenga presencia permanente, soslayaría en gran medida a presuntos infractores.

Fotografía: M. Richter (Pixabay).

Y segundo, lo de las prejubilaciones. A menudo ando por el Monte Tossal -castillo de San Fernando- y compruebo que dos agentes motorizados ante el Conservatorio regulan -¡ante un paso de cebra!- el tráfico de vehículos que se dirigen a la Aneja y los peatones que acceden al centro musical. Esta labor, casi innecesaria por repetitiva -todo el mundo sabe que ante una “cebra” hay que respetar a los peatones- en todo caso bien podrían hacerla agentes con 60 o 65 años, pues no es necesario estar en perfecta forma física para ejecutarla. Y como ésta, habrá muchas otras, de índole administrativo, por ejemplo.

Otra opción es permitir que a partir de estas edades se vaya disminuyendo el horario laboral o las funciones que supongan una carga física inconveniente, pero como a mí mismo me ocurrió, ni las empresas, ni las administraciones públicas, suelen observar el hecho de las prejubilaciones con flexibilidad, con imaginación, con una perspectiva amplia que permita acoplar una despedida del mundo laboral paulatina con mejores posibilidades de sustitución. En este sentido actúan como los bolardos. Ahí están firmes, inmóviles, férreos y a menudo oxidados…

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Toni Gil

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