Impulso irresistible

Ante mil formas de comunicación, muchas personas mayores están totalmente solas

Fotografía: N. Aswathy.

La técnica se sofistica cada día más, y esto ha venido a coincidir desde hace mucho tiempo ya con la aceleración de los procesos de envejecimiento de la población, que vive en depresión porque en su desarrollo se produce un bucle en el que hay unas fuerzas que tiran para arriba y otras para abajo, y aún peor: se van perdiendo las fuerzas y hay personas que se quedan ancladas entre las dos fuerzas centrípetas que no pueden traerle al individuo que lo sufre más que padecimientos añadidos a su diagnóstico inicial, que solamente decía: “persona mayor, o viejo/vieja con la que ya no se puede contar para nada”. Y casi no podemos detenernos para poder explicarlo mejor con la de matices que esto viene acompañado porque por un lado los avances médicos y técnicos nos van dando magníficas esperanzas, mientras por la otra esquina tiran de la soga los que van descartando a los inútiles o a los menos brillantes en sus mentes capaces de montarse un guirigay impresionante en el que se nos antoja salir del discurso, porque para colmo nunca quedamos de acuerdo en estas cuestiones. Qué pocas son las personas (que incluso parecen muy razonables pero no se bajan de su modo de ver los problemas que esto acarrea y que viene de muy lejos), una forma de hablar en la que caben los que dicen que quien no sirva ya, debe ser anulado, pues se trata de un estorbo.

Algunas altas autoridades, sensibles a este modo cruel de hablar, denuncian constantemente que la soledad por sí misma (cuando los ancianos son abandonados por sus familiares, y los hombres y mujeres muy mayores que han perdido la última gota del acompañamiento, o se han encontrado totalmente solos por la decisión de esos acompañantes, dicen “que esto agota a cualquiera”). ¿Cómo es posible que en la época de ebullición de las redes sociales, donde pueden existir debates plenos de razón y brillantez mental, es –cuando menos, paradójico– que se incrementen los sufrimientos de tanta soledad y tanto dolor, porque también es, mucho antes que cualquier otro razonamiento, el de descubrir “la riqueza de los años”, o sea, la experiencia y la habilidad, la bondad, el espíritu comunitario de llevar las cosas y compartirlas, el hecho de saber ser servicial (para lo cual no se exige a nadie ningún grado, ni mucho menos elevado, de evaluación para el manejo de habilidades sociales, incluidas las recreativas, ni haber sabido levantarse del suelo cuando se ha caído). Hay documentos y reportajes que indican que el número de personas que se sienten solos sigue creciendo, igual que los que están atrapados en el raro egoísmo de la tristeza.

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Demetrio Mallebrera

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