Al paso

Añoran una Segunda República que destruyeron socialistas y comunistas

Proclamación de la II República en el Ayuntamiento de Alicante. Fotógrafo: Francisco Sánchez (AMA).

Espíritu republicano tenemos todos o casi todos, pero es un principio político elemental que la monarquía parlamentaria es un régimen tan democrático como pueda serlo el republicano. Durante el nefasto reinado de Alfonso XIII se preparó el terreno mejor abonado posible para la llegada de la Segunda República, la cual vino sin que se disparara un solo tiro. Como dijo Ortega y Gasset, no hubo revolución; no hubo enfrentamiento entre españoles; no hubo sangre. Se equivocaron los que quisieron hacer una revolución de lo que tenía que haber sido una convivencia en paz y que debió garantizar una Constitución de consenso y sin los fallos que tuvo en dos cuestiones consideradas fundamentales por el más destacado pensador español del siglo XX.

Ortega fue el fundador, junto con Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala, de la Agrupación al Servicio de la República, de la que formaron parte numerosos intelectuales partidarios de un cambio de régimen pacífico, que abriera las puertas a un nuevo y progresista país acorde con los de su entorno europeo, dejando atrás para siempre la mayor parte del infame e infumable siglo XIX.

La llegada de la Segunda República fue la gran oportunidad perdida de hacer un país moderno. Y la culpa fue, fundamentalmente, de un PSOE comunistoide (que hizo de Largo Caballero ‘el Lenin español’) y de un Partido Comunista que copó casi todos los resortes del poder efectivo con el Frente Popular, tras unas elecciones fraudulentas como han demostrado taxativamente los profesores Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García en su libro, publicado por Espasa, “1936. Fraude y Violencia en las elecciones del Frente Popular”.

Ahora quieren volver a las andadas revolucionarias y retrógradas los comunistas de Unidas Podemos, tanto Pablo Iglesias como Garzón, ambos atacando a la monarquía incluso desde el interior del actual Gobierno de coalición, con la complicidad del nuevo Largo Caballero (no sé si también aspira a nuevo Lenin español) del PSOE, el presidente Pedro Sánchez, que solo acude a los partidos constitucionalistas pidiendo lealtad cuando lo que desea urgentemente es salvar la piel que le huele a chamusquina.

Estos líderes tan ansiosamente añorantes de la Segunda República son absolutamente desconocedores de lo desastrosos que fueron los nueve años de ese período histórico en el que se multiplicaron los errores de socialistas y comunistas. Esto lo testimonian estudios de historiadores nacionales y extranjeros, así como algunos de los propios protagonistas del frentepopulismo y de intelectuales que lo apoyaron, muchos de cuyos testimonios se recogen en el libro del catedrático republicano Carlos Rojas “Por qué perdimos la guerra”.

Fue Alcalá-Zamora,  presidente de la República entre 1931 y 1936, quien, como Ortega y Gasset, denunciaría los excesos antidemocráticos de la izquierda radical que deterioraron la Constitución de diciembre de 1931 por no ser regionalista y alentar las autonomías de Cataluña y Euskadi, además de por atacar gravemente las relaciones con la Iglesia Católica, lo que motivó los excesos criminales de grupos fanáticos que quemaron conventos y, sobre todo, entre 1936 y 1939 asesinaron a miles de sacerdotes, religiosos y monjas, entre éstas a las tres hermanas Masiá, valencianas a las que se venera como beatas en la iglesia del convento de las Capuchinas de Alicante, ubicado entre las calles Bailén y Castaños.  

Si Ortega, diputado, denunciaba, en septiembre de 1931, la radicalización del texto constitucional que se estaba elaborando en las Cortes, Alcalá-Zamora manifestaba que: insistir en quitarles derechos a los cristianos y perseguir a la Iglesia era planear “una Constitución para una guerra civil”. El 9 de septiembre aparecía en el diario Crisol un artículo de Ortega titulado “Un aldabonazo” (ver en internet), en el que terminaba diciendo: “Una cantidad inmensa de españoles que colaboraron en el advenimiento de la República con su acción, con su voto o con lo que es más importante que todo esto, con su esperanza, se dicen ahora desasosegados y descontentos: ‘¡No es esto, no esto!’. La República es una cosa. El radicalismo es otra. Si no, al tiempo”.

Los radicales, el triunfo mentiroso del Frente Popular antidemocrático y los crímenes que dirigentes socialistas y comunistas permitieron, cuando no los aplaudieron, haciendo caso omiso de las advertencias de intelectuales y políticos republicanos que lucharon por una república para todos los españoles, no dejan en buen lugar a la Segunda República, la del 14 de abril de 1931.

Se puede desear y defender un régimen republicano, pero añorar la Segunda República es un atentado a la inteligencia por muy republicano de corazón que se sienta uno y yo me siento como tal, pero respetuoso con una monarquía parlamentaria como la que tenemos, que será más útil que la Segunda República, pero no por culpa de Franco, sino por culpa de tirios (socialistas) y troyanos (comunistas), con ayuda de anarquistas, poumistas y algunos independentistas como Lluís Companys que proclamaría, en1934, el Estado Catalán dentro de la República Federal Española aprovechando el río revuelto de la revuelta cenetista (cenetista de CNT) y socialista (de PSOE) de Asturias,

No cabe duda de que la Segunda República fue muy mala, como lo fue la Primera, que duró un año y tuvo cuatro presidentes y un montón de cantones, más que reinos de taifas acabaron con el dominio musulmán tras el Califato de Córdoba. Pero el futuro no está escrito y nadie puede aventurar que, dentro de diez, quince o veinte lustros, acaso nuestros nietos, bisnietos o tataranietos puedan aspirar a ser presidentes o primeros ministros de una Tercera República. Pero que no se parezca, en nada, a la Segunda. Pasaron muchos imperios, muchas monarquías y muchos gobiernos. Seguro que este (sin)Gobierno de coalición también pasará. Aunque solo sea para que Sánchez pueda dormir. Y nosotros también. Con permiso del coronavirus.

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Ramón Gómez Carrión

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