Trescientas... y pico

Alicante-Puerto, ¿un monstruo con dos cabezas?

Alicante en el siglo XVII (Fuente: http://alicantinismo.com/).

Las ciudades con puertos marítimos son, muchas veces, como metáforas de seres vivos que se ven obligadas a ser gobernadas por dos cabezas, dos almas, dos corazones, que, a veces, respiran acompasados, van en la misma dirección, se esfuerzan por caminar juntos. Entonces, todo es progreso, amplitud de miras, futuro, nuevos marcos de libertad y sostenibilidad; pero otras, como ha sucedido tantas veces en Alicante y parece suceder también ahora, ambas parecen condenadas a vivir de espaldas. A mirarse de reojo, a respirar distinto. Entonces el avance no solo es un imposible, sino que amenaza ruina.

Los desencuentros ciudad-Puerto en Alicante han sido constantes a lo largo de la historia. Como si se tratase de un matrimonio a la vieja usanza, de pura conveniencia y escaso afecto, pero llama poderosamente la atención que muchos de estos sonoros encontronazos hayan tenido lugar precisamente en los años del reciente periodo democrático.

Antigua Escalinata de la Reina en el Puerto de Alicante (Fuente: https://www.marva10.com/).

Alicante, como Barcelona, Cartagena, Cádiz… son, sobre todo, ciudades marítimas. Ese es su sello y su marchamo, su carta de presentación en sociedad. Su alma necesita el mar para respirar y sólo se explican por su cercanía a él, en las tres primeras incluso el mismo mar, el Mediterráneo. Por subsistencia y conveniencia están obligadas a mirar a sus puertos, pero esa relación es en muchas ocasiones dolorosa. Lo ha sido y lo es, al menos, en el caso concreto de Alicante.

El Puerto de Alicante ha marcado el discurrir de la ciudad y algunos de sus hitos no podrían entenderse sin esta esquizofrénica simbiosis. Lo fue en tiempos napoleónicos, cuando tropas francesas intentaron sin conseguirlo someter a la ciudad desde ese mismo mar. Y lo fue en sentido contrario al final de la guerra civil. Miles y miles de republicanos confiaron en que el Puerto de Alicante sería su última puerta a la libertad, su última esperanza, pero este acabó convertido en la gran ratonera donde fueron cazados por las tropas fascistas como vulgares malhechores. Leer hoy algunas de las páginas noveladas de Max Aub en Campo de Almendros sobre aquellos trágicos días hiela el alma y encoge el corazón, si es que, claro, hay alma y hay corazón.

De modo que sí, sería muy difícil entender el hoy y el ayer de la ciudad de Alicante sin sus instalaciones portuarias, sin ese trozo y espejo de mar Mediterráneo que le da una dimensión humana y la convierte en una ciudad acogedora y abierta al mundo. Es más, posiblemente la ciudad como tal nació porque ese puerto fue posible, como heredero del otrora ibero-romano preexistente en la zona de La Albufereta.

Dos fechas son esenciales en el discurrir histórico de la ciudad dependiente de su puerto. Esas serían las de 1271, cuando el rey Alfonso X le otorgase el privilegio de Puerto Público del Mediterráneo, y la otra el año de 1778, cuando se autorizó el comercio con las Américas, decisión esta que dio paso a un gran crecimiento del comercio y, consecuencia de ello, de la propia ciudad. Pero no es de historia, al menos no solo, de lo que hoy queríamos hablar, es de los desencuentros, de su difícil y tormentosa relación con la ciudad que lo abraza.

Graneles en el Puerto de Alicante (Fuente: Asociación de Trabajadores Dependientes de la Actividad del Puerto de Alicante, ATDAPA, http://www.atdapa.es/).

Alicante sabe bien que no puede permitirse vivir al margen del Puerto. Lo necesita, pero el esfuerzo es tan titánico, que a veces más que un aliado parece un enemigo, una rémora. En demasiadas ocasiones esa ventana de luz y de oportunidades ha sido su peor enemigo, un muro contra el que chocan sus mejores aspiraciones. Por eso mismo no es tampoco de extrañar que ese trozo de bahía desde donde la ciudad mira el horizonte esté hoy dividida y separada por un brazo de mar privatizado, justo donde se levanta el Hotel Meliá, hoy asumido por la ciudad, pero que en su momento, a finales del franquismo, no fue más que otra grave y profunda herida contra la ciudad, obtenida a modo de rapiña, como suculento botín de guerra.

El penúltimo capítulo de este rosario de encontronazos la historia nos enseña que siempre hay que esperar otro nuevo desencuentro– es el proyectado restaurante en el Faro del Cabo Huertas que la Autoridad Portuaria patrocina en este lugar tan emblemático y estratégico y que algunos colectivos, como AHSA (Amigos de los Humedales del Sur de Alicante), intentan paralizar. Es esta si se quiere otra privatización encubierta más. Puede que solo sea una anécdota menor en comparación con los grandes contenciosos que la ciudad sigue librando hoy en día con su propio Puerto, como son el vertido de graneles a cielo abierto y a escasos cientos de metros del populoso barrio de San Gabriel, o los depósitos gigantes para almacenamiento de hidrocarburos que se quieren ubicar muy cerca de allí al estilo de los viejos de Campsa que tanto sudor y esfuerzo costó desmantelar.

Fotografía: Elías Gomis (Fuente: Amigos de los Humedales del Sur de Alicante, AHSA, http://ahsa.org.es/).

Sucede, además, que casi nunca tuvo suerte con quienes lo dirigieron, al menos en época reciente. Y tampoco parece vaya a tenerla ahora con su presidente desde 2015, Juan Antonio Gisbert, un hombre llegado desde las altas finanzas (exdirector general de la CAM en los tiempos previos al gran cataclismo, ex alto cargo del Instituto de Crédito Oficial con Rodríguez Zapatero). Da la sensación que Gisbert , como algunos de sus inmediatos antecesores –el caso de José Joaquín Ripoll es especialmente paradigmático pues fue nombrado por el PP estando ya imputado por presuntos delitos de corrupción por su gestión al frente de la Diputación Provincial de Alicante–, ven su cargo como un retiro dorado tras un largo viaje en la política o como atalaya o alminar político desde la que mirar a la ciudad con desdén y un cierto grado de menosprecio.

Juan Antonio Gisbert (Fuente: Asociación de Trabajadores Dependientes de la Actividad del Puerto de Alicante, ATDAPA, http://www.atdapa.es/).

Es claro, evidente, que la ciudad de Alicante no puede caminar sin su Puerto. Sería como un tullido al que exigen participar en una carrera de velocidad con deportistas de élite. Pero no es menos cierto que las gentes que lo dirigen deberían entender que no es la ciudad la que tiene que servir al Puerto, sino más bien al contrario: es el propio Puerto el que debería obedecer a los intereses y necesidades de la propia ciudad. Salvo, claro, que lo que pretenda es perpetuar una cierta leyenda de que aquí en Alicante ambas –ciudad y Puerto– parecen condenadas a ser gobernadas por un monstruo con dos cabezas dislocadas y casi siempre dispuestas a la pelea.

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Pepe López

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  • Se pregunta Pepe López, si Alicante, en relación con su puerto, es un monstruo de dos cabezas, concluyendo que así lo ha sido a lo largo de la historia y sigue siéndolo en los años recientes del periodo democrático, hasta el punto de que esa relación es, en muchas ocasiones, dolorosa.
    Lo hace a cuento de lo que denomina el “penúltimo encontronazo” entre el puerto y la ciudad, que no es otro, según él, que la promoción, por parte de la Autoridad Portuaria de un restaurante en el faro del Cabo de las Huertas. Creo que es saludable ser rigurosos.
    ¿Quién es “la ciudad”? ¿Una asociación, dos, algún centenar de ciudadanos? Todos ellos, por supuesto, tienen intereses legítimos y respetables. Pero, sin duda, la aproximación más precisa, y jurídicamente válida, es que la ciudad está representada por su Ayuntamiento.
    Pues bien, el Excmo. Ayuntamiento de Alicante, no solo no está enfrente del puerto en la posible concesión de los edificios auxiliares (casa del antiguo técnico de señales marítimas, jubilado hace tiempo, y almacén-taller, sin incluir la torre del propio faro, que quedaría excluida de tal concesión, en su caso), sino todo lo contrario.
    El Ayuntamiento de Alicante fue previamente informado de las intenciones, sin mostrar oposición, e, iniciado el proceso administrativo, sus representantes en el consejo de administración de la APA, apoyaron, primero, el concurso y, posteriormente, la adjudicación a la mejor oferta según la propuesta de los técnicos de la mesa de contratación.
    La APA concesionó, hace años, el faro de Punta Albir, al Ayuntamiento de l’Alfàs del Pí, y, más recientemente, el del Cabo San Antonio, al Ayuntamiento de Xàbia. Como habría concesionado el del faro del Cabo de las Huertas, a quien se hubiera interesado, con un proyecto serio y documentado por darle una finalidad distinta.
    La exquisita relación institucional que ambas instituciones estamos empeñadas en mantener, hace que la Autoridad Portuaria no se cuestione mínimamente si el Ayuntamiento de Alicante estima conveniente o no, haber formulado una solicitud parecida para el faro del Cabo de las Huertas.
    Pero, tampoco lo han hecho, habiendo podido plantearlo, organizaciones sin ánimo de lucro; porque una cosa es predicar, y otra dar trigo.
    En conclusión: la Autoridad Portuaria de Alicante no está tramitando la concesión a la que venimos refiriéndonos “contra” la ciudad; afirmarlo es faltar a la verdad, aunque sea sin mala fe y solamente por desconocimiento.
    Lo está haciendo, dentro de un programa nacional denominado Faros de España, promovido por el Gobierno de la Nación, es sentar las bases para poner en valor y conservar este bien. Como consecuencia del citado programa se han venido concesionando, en toda la costa española, muchos faros, algunos de ellos para fines culturales o medioambientales, como los casos citados de l’Alfàz del Pí y Xàbia, pero otros con fines mixtos e incluso directamente hoteleros.
    Y todo ello en un procedimiento dotado de la máxima transparencia y seguridad jurídica; procedimiento en curso que todavía no ha finalizado.

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