Opinión

Ahorrar en tiempos de pandemia

(Fuente: Toni Gil).

Hace un par de semanas, oí en la Cadena SER las palabras de un oyente acababa de poner el coche en marcha, y de inmediato la radio– que no se si a preguntas de un periodista o mediante llamada telefónica grabada se lamentaba de su situación económica, a raíz de la presencia imprevista de la pandemia actual. El comentario no me hubiera llamado la atención –lamentablemente, es una circunstancia que está afectando a muchos, demasiados, ciudadanos– si no hubiera apostillado el individuo que “había pasado de ganar 4.000 euros al mes a nada”.

Dos reflexiones, al menos, me generó lo impropio del comentario. La primera es que no se suele pasar de percibir un salario de ese nivel a no cobrar nada si se está obteniendo con todos los condicionantes legales, puesto que de inmediato al menos habría de cobrar el seguro de desempleo o paro. Así que lástima, precisamente, dolor, o solidaridad, o cualquier otro sentimiento caritativo no prendió en mí.

La segunda reflexión devino de mi experiencia –cincuenta años– como currante de una Caja de Ahorros. Cuando –antes de cumplir los quince– mi hermano Pepe consiguió que aceptaran mi solicitud como “botones” de la Caja del Sureste no puede decirse que accediera a ese trabajo “vocacionalmente”, desde luego que no. En todo caso, ese sentimiento se creó a través del tiempo al ir comprendiendo la enorme función social de este tipo de entidades, con todos sus defectos como todas las empresas. Como alguien me dijo; “Si las Cajas de Ahorros no existieran, habría que inventarlas”. Aunque prácticamente han desaparecido, y en el mejor de los casos convertidas en bancos y fundaciones (no es el caso de “mi” CAM, tristemente mal gestionada, intervenida y vendida al mejor postor, con la omisión flagrante de políticos y técnicos supervisores), el concepto Ahorro, considerado como ejercicio individual, sigue estando vigente, y ordenado colectivamente –que era la génesis de las Cajas, prestando lo de unos a otros, a un coste razonable– fue muy beneficioso socialmente. Y este era el eje de mi segunda reflexión. ¿Cómo era posible que ganando 4.000 euros cada mes este sujeto no ahorrara al menos un millar para cuando vinieran mal dadas? Así que aún me puso el radioquejante los hígados en peor disposición.

Y todo esto me ha recordado la primera imposición que alguien hizo en la más antigua de las Cajas alicantinas. El 5 de septiembre de 1875 un tal Camilo Terol Moya abrió la primera libreta del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Alcoy con ¡100 pesetas! Debió ser un auténtico dineral para la época. Quizás era un empresario. Por cierto, que hoy también muchos que ejercen de tales se cortan las venas, culpan al Gobierno, regulan o despiden a los trabajadores… porque tampoco tuvieron la previsión de disponer de fondos de reserva anticrisis, una libretita corporativa de ahorros.

En el otro lado de la balanza, muchas de las Cajas “inventaron” una fórmula de ahorro para los niños con la colaboración de los maestros: los sellos de ahorro. Los docentes los “vendían” a sus alumnos, que los adherían a unas tarjetas, y cuando éstas estaban completas las presentaban con su libreta en la sucursal y se les ingresaba el valor total de los sellos acumulados; los maestros, periódicamente llevaban el importe recaudado y recuperaban nuevos sellos para su distribución. No le hubiera venido mal al escuchante radiofónico –y otros imprevisores– haberse aprendido bien esta “lección”.

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Toni Gil

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