Trescientas... y pico

26J: ¿Otra legislatura perdida?

Mariano Rajoy saluda a los simpatizantes del PP desde el balcón de la sede popular en Génova. Foto: Partido Popular
Mariano Rajoy saluda a los simpatizantes del PP desde el balcón de la sede popular en Génova. Foto: Partido Popular

La digestión del 26J va a ser necesariamente lenta y va a producir, también necesariamente, más de una indigestión. Algunos –Unidos Podemos y Ciudadanos- ya notaron los primeros síntomas desde el momento mismo en que el Ministerio del Interior empezó a vomitar los primeros resultados de la noche. A otros –PP y PSOE- puede que tarden en llegarles los síntomas. Pero, seguro, les alcanzarán. Y no serán buenos.Si hay dos momentos, dos estampas, que definen la noche electoral, éstas ocurrieron en los dos santuarios más alejados del mapa político. Una, con la apropiación del grito podemita «Si se puede» cantado a coro por la militancia pepera a su jefe de filas en la calle Génova, sede nacional del PP. La segunda, el recurso a la música años setenta de Quilapayún sonando en los altavoces de la Plaza Reina Sofía donde Podemos tenía preparada su gran fiesta y su primera parada del asalto a los cielos del BOE y que acabó como acabó. Esas dos imágenes, por encima de todo lo demás, son, posiblemente, el paradigma de lo que viene. Lo viejo se apoderó de lo nuevo. Y lo nuevo tuvo que recurrir al baúl de la memoria musical para endulzar su confusión. Tiempos éstos, sin duda, de desconcierto, revueltos, de zozobra. Sin tierra firme que pisar. Pero hubo más, bastante más. Veamos.

Democracia a secas

EL PP tiene sobrada razones para festejar su victoria más difícil e imposibleEl PP, y Rajoy de forma especial, tenían y tienen sobradas razones para festejar su victoria más difícil e imposible. Recuperar más de cuatro puntos porcentuales y más de 700.000 votos con respecto al 20D con el solo mérito de limitarse a esperar, y rodeados como están de corrupción, no es poca cosa. De ahí su alegría. Su sorpresa. Ni ellos lo esperaban, como han confesado a posterioridad. Puede que sean en parte los votos más casposos, los más viejos del lugar, los del miedo atávico al cambio, el Brexit, los errores de otros…, mil y una justificaciones y pocas explicaciones, pero en noches como esas los votos, todos, valen igual. Es democracia. A secas. Perder y ganar. Gobernar y ser oposición. Los contrapesos del poder. Pero sucede que la fiesta acabó, los focos se apagaron, la tramoya se desmontó, la gente fue saliendo de allí y lo que viene puede que no sea el camino de rosas que muchos, allí mismo y viéndoles las caras, ya se prometían. El PP seguirá al frente de un gobierno, eso parece casi descontado, pero gobernar no va a ser fácil. Ahí la cuestión va a costar. Y esta por ver las consecuencias. Sin descartar que el precio sea la cabeza del amado líder. Tantos puentes rotos no se reconstruyen en un día. Tantos SMS a Bárcenas, tanto silencio cómplice en la sistémica corrupción, tanta guerra sucia desde el Ministerio del Interior no puede ser, no debería ser, gratis. Hay efectos que tardan en presentarse.

Y sucede también que C’s, su aliado natural, deberá medir mucho los pasos de su previsible alianza si no quiere quedar reducido a lo que muchos piensan motivó su creación: ser una sucursal del PP que permita alargar el duopolio del poder PP-PSOE. Y C’s, despojado de su discurso regeneracionista –lucha contra la corrupción, reformas democráticas, estructurales…- corre el peligro de ser percibido como un satélite de los populares sin luz propia. Sería la antesala de su minimalismo, de ser ellos la repetición del CDS de Suarez al que tanto citan. O, si se prefiere por cercano, de una UPyD de derechas, partido que generaba muchas simpatías, al que muchos dicen podrían votarle, pero al que casi todos –militantes y votantes- abandonaron nada más sentir el primer fuerte oleaje a bordo. De modo que lograr mantener discurso y perfil diferenciado con las políticas depredadoras recientes del PP, aguantar las presiones de dentro y de fuera que ya notan en el cogote, puede que sea su única tabla de salvación. Y, a buen seguro, no les va a resulta fácil surfearla con viento en contra.

Fausto y el efecto Despeñaperros

Pedro Sánchez comparece en la sede socialista de Ferraz tras los resultados del 26J. Foto: PSOESucede también que hay muertes súbitas y hay muertes en diferido, tipo Cospedal. Algunos vendieron que el PSOE estaba en la antesala de la primera, pero resulta que el 26J ha certificado que su muerte, o letargo, de ocurrir algún día, será lenta y en diferido. En etapas. A plazos. El enfermo, sí, está muy débil, pero aún respira solo. Pedro Sánchez, aliviado, calla, gana tiempo, pero no está claro que vaya a ser él quien dirija el futuro. Que vaya a ocurrir –la muerte por inanición- o no dependerá de muchas cosas.

Como Fausto, el problema del PSOE, y de la socialdemocracia europea, es que hace tiempo que vendieron su alma al diablo depredador de los mercados creyendo que un día podrían recuperarla sin más. Y resulta que no pueden. O no saben. O que el diablo por algo es el diablo. ¿Tienen votos? Sí, todavía, tienen. Y además, ahora, decisivos. Pero este ha sido el peor resultado de su historia reciente, una caída que solo ha quedado endulzada porque el sorpasso solo fue demoscópico. ¿Tienen aliento para recuperar lozanía? Eso no está tan claro. Alguien dijo que el PSOE lleva camino de convertirse en un partido de Andalucía, la única comunidad donde resistía con decoro. Eso, hasta el domingo. Ni siquiera esto ha sucedido el 26J. Susana Díaz ha perdido sus primeras elecciones con el PP y Madrid queda así un poco más lejos. Otra consecuencia indeseada más de la medicina electoral. El efecto Despeñaperros.

La pérdida de la inocencia

No solo le ocurre esto –lo del alma, lo de Fausto- al PSOE. También Podemos empieza a notar síntomas de haberse quedado sin fuerzas a las primeras rampas en su programado ascenso a los cielos, de haber vendido parte de su alma. Esa misma alma y aliento que tanto les dio, aquella de los vientos de cola, los cambios en positivo, la ilusión del cambio, metáforas todas ellas que tan bien habían manejado hasta ahora el grupo de polítólogos de la Complutense que cabían en un Peugeot 205, y que de pronto se han revelado huidizas, quebradizas. Perdida la fuerza de la inocencia, el lirismo de la casta, los de arriba y los de abajo, cabe preguntarse: ¿qué queda? Quedan 71 escaños, que no son pocos, muchos gobiernos del cambio para hacer camino, pero también y sobre todo se abre paso la duda. La que proviene de que una breve estancia en los asientos del Congreso de los Diputados y el mando en unos cuantos ayuntamientos les ha bastado para perder por vez primera empuje, fuerza, frescura.

Veremos si este parón es mal pasajero o ha venido para quedarse. ¿Y como sucedió tal transformación? Habrá libros que lo expliquen, como ha habido esa película de Fernando León de Aranoa Política, sala de máquinas, de final abierto y que intenta acercar el fenómeno al espectador y al ciudadano, pero cuyo propio final, ironías del destino, no recoge lo sucedido el 26J. Las explicaciones, es de imaginar, serán múltiples. Habrá quien culpe a los elementos externos. Ya saben, Venezuela, una defensa enconada de los referendos tipo Escocia y Brexit, que les sirven para ganar en Cataluña y País Vasco, pero que lejos de allí puede encontrar dificultades en el mercado de los votos. O internos. La mala imagen de su líder, Pablo Iglesias; la suma imposible de su alianza estratégica con Izquierda Unida y el parto consiguiente de Unidos Podemos. Una alianza esta, recordémoslo, que ya tenía detractores tanto en la propia IU como en Podemos (Llamazares & Errejón) y que, a título si se quiere anecdótico, ya suscitó desde el momento de su nacimiento fuerte rechazo en los entornos feministas porque una parte no menor de estas organizaciones no se sentían convocadas a la causa. Prueba de esto, del reconocimiento del error, fueron las constantes llamadas a la denominación Unidas Podemos del líder de IU, Alberto Garzón, en sus mítines durante la campaña electoral. Sean unos, sean otras, sean una combinación diabólica de todas ellas, lo único cierto es que el castigo, los efectos secundarios del medicamento que decíamos, han sido aquí duros. Muy duros. Volver a la casilla de salida del 20D. Los mismos 71 escaños. Ni uno más. Y un millón de votos perdidos por el camino.

Así, parece, estamos. Y con el reparto de cartas ya definitivo y en la mesa –PP, 137 diputados; PSOE, 85; Unidos Podemos, 71 y C’s, 32- podríamos para ir terminando hacernos dos sencillas preguntas. ¿Habrá gobierno? ¿Se podrá gobernar? Si y no y por este orden. A la primera, todo apunta a que habrá gobierno, por acción y/u omisión, pero lo habrá. Otra cosa sería un suicidio, sobre todo para los tres grandes perdedores. Cosa distinta será que se pueda gobernar, legislar, hacer país.  La explicación, de haberla, podría estar en parte en lo escrito antes. Y en los duros efectos secundarios del medicamentazo suministrado este 26J  y que a unos –PP- les puede haber llevado a intentar camuflarse entre los rescoldos del sueño que brotó en contra ellos y el stablisment en las plazas el 15M (“PSOE-PP, la misma mierda es”, ¿recuerdan?) de hace cinco años y a otros –PSOE y Podemos- los tiene medio paralizados.

Y a resultas de todo lo anterior, habría una tercera pregunta –de momento sin respuesta-, central, y donde este país se juega el futuro: ¿Nos encontramos, entonces, ante las puertas de una nueva legislatura perdida, sin rumbo y donde los grandes temas que abren futuro seguirán aparcados?

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Pepe López

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